Wednesday, November 02, 2011

Abecedario del crimen. Capitulo XXI. From hell to eternity



Creo que recuerdo la primera vez que oí hablar de cada uno de los grandes asesinos de la historia moderna, a Manson le vi por primera vez reproducido en parafina en la guía de la galería de los horrores del Museo de Cera de Madrid, de John Wayne Gacy y de los Estranguladores de las Colinas supe cuando los periódicos publicaron la noticia de su detención, de Ed Gein cuando leí “American Pyscho”.

No guardo en cambio ningún recuerdo de la primera vez que supe de “Jack el Destripador”, el desconocido asesino londinense es alguien cuya figura se ha integrado de forma tan intensa en el inconsciente colectivo que resulta difícil encontrar alguien que no haya por lo menos oído hablar de él, y todo eso por diversos motivos que no podremos explicar pero de los que al menos sí podremos hablar.






Lo que sí recuerdo con claridad es el momento en el que supe con algún detalle de las hazañas de Jack, y eso tuvo lugar en esa inacabable fuente de cultura general resumida y empaquetada que eran los Selecciones del Reder´s Digest, concretamente en el número de Septiembre de 1973. Una de las muchas características de esta publicación (de la que alguna vez tendríamos que hablar largo y tendido) era la extremada crudeza con la que se trataba cualquier tema del que se ocupaban, ya fuera la historia de un cáncer linfático como la de las masacres de los Jemeres rojos en Camboya, y desde luego el relato sobre Jack el Destripador no era ajeno a este estilo, pero también era un admirable ejercicio de condensación y sobriedad en una historia que no suele ser propicia a recibir esos calificativos, y es por ello que dicho relato se convertirá en la base de esta entrada especial del “Abecedario del Crimen”, o más que la base, el armazón que luego será rellenado convenientemente con la morbosa y satírica literatura de nuestro Oliver Cyriax.



Gran Bretaña 1888, la Reina Victoria lleva 51 años de reinado, el Imperio británico se extiende de polo a polo, y Londres, la metrópoli, con una población de cuatro millones de habitantes, era una ciudad a la que no podía equipararse ninguna otra de la Tierra. Desde su centro financiero, los banqueros londinenses aportaban fondos para la construcción de ferrocarriles en Sudamérica, la explotación de minas de oro en África y el establecimiento de instalaciones agropecuarias en los Estados Unidos. Por la noche, a lo largo del Strand y del Haymarket, la luz de las faroles de gas se reflejaba en los sombreros de copa de los petimetres y en los diamantes de las damas.




Pero en el atestado East End de Whitechapel y en la Comercial Road había tanta pobreza y vicio que el Londres victoriano tenía fama de ser la ciudad más depravada del orbe. Aquel espacio congestionado de unos ochocientos metros cuadrados, donde se apiñaban tabernas miserables, burdeles, ladrones y prostitutas, se convirtió en el teatro donde tuvo lugar el drama que nos ocupa hoy.



Mary Anne Nicholls, apodada “Polly” había abandonado a su marido y a sus cinco hijos para frecuentar las tabernas de Whitechapel movida por su afición a la bebida y por el deseo de vivir sin cortapisas. A los 42 años de edad ya no era bonita, y aquella noche del 31 de agosto de 1888 le habían negado la entrada en un dormitorio público (en los que dormían hasta ochenta personas en una habitación) porque carecía de los cuatro peniques que costaba el alquiler de un jergón. Desde luego lo que ocurrió a partir de ahí es especulación, posiblemente Polly fue abordada por un hombre con el objeto de mantener relaciones sexuales a cambio de dinero, como era habitual entonces –y como sigue siéndolo ahora- el cliente y la prostituta se trasladaron a un callejuela obscura para llevar a cabo el trato, en algún momento, y posiblemente mientras permanecía frente a su víctima en la posición usual del coito de pie, el asesino agarró a la mujer por el cuello empujándola luego contra el suelo con la cabeza hacia su izquierda rajándole a continuación la garganta empezando por el extremo opuesto para que la sangre no se encharcara, posteriormente le levantó la falda y le rajó igualmente el abdomen. Después, desapareció en la noche.



El asesino atacó por segunda vez apenas transcurridos ocho días. Annie Chapman, viuda de 47 años de edad se encontraba en una difícil situación económica y, al igual que Polly, se había entregado a la bebida y a la prostitución, en la madrugada del 8 de Septiembre Annie no estaba muy lejos de la muerte, además de desnutrida sufría una enfermedad crónica de las membranas de los pulmones y el cerebro. Hacia las seis de la mañana se encontró su cadáver aun caliente en un callejón de Hanbury Street. El tajo que le seccionó el cuello había sido tan profundo que la cabeza estaba casi separada del tronco. El criminal le extrajo al cadáver la matriz, los ovarios y un riñón. Al pie de una fuente cercana se halló un mandil de cuero, de los que usan los zapateros remendones y los matarifes, probablemente usado por el Destripador para evitar que le salpicara la sangre de su víctima.




La violencia era harto común en Whitechapel, la policía sólo se aventuraba a entrar allí en grupo, y no se atrevía a pisar siquiera la Carretera de Ratcliffe, a 1,5 km en dirección Este. Pero la brutalidad de aquellos crímenes y la carencia de pistas tenían atemorizado a todo Londres, Jack había dejado atónito a todo el mundo con sus floridas exhibiciones, no ocultaba sus transgresiones sino que las divulgaba, dejaba los cuerpos expuestos, con las entrañas esparcidas, rodeados de objetos que colocaba ritualmente y que solían pertenecer a la víctima: anillos, monedas, píldoras envueltas en papel, amen del ya mencionado mandil de cuero. Incluso en el elegante barrio del West End, donde el Destripador jamás operó, ninguna mujer se atrevía a salir ni a echar una carta al buzón después del crepúsculo. En el East End, las tabernas estaban desiertas y algunas tuvieron que cerrar.

La policía redobló la vigilancia en la zona, y los vecinos formaron una comisión de vigilancia de Whitechapel y ofrecieron recompensar cualquier informe que condujera al asesino. La propia Reina, atenta a la más leve inquietud que hubiera en su Imperio, comunicó a su primer ministro, lord Salisbury sus temores de que el departamento de detectives no fuera todo lo eficaz que debiera añadiendo que si la policía no descubría a aquel asesino, sentiría el peso de su justa cólera.



El 10 de septiembre, después de las investigaciones preliminares, el juez de primera instancia insinuó que “tanto Nichols como Chapman podían haber sido asesinadas a fin de obtener alguna muestra patológica del abdomen”, teoría abrazada fervientemente porque sugería un propósito, lo cual resultaba, hasta cierto punto, consolador. El Times en cambio manifestó la incomprensión general publicando que la policía se estaba “enfrentando a un asesino que no poseía las características habituales, que no actuaba por celos, venganza ni robo, sino por motivos no tan idóneos como muchos de los que todavía deshonran nuestra sociedad”.

Hacia finales de ese mismo mes el criminal adquirió un nombre. A las oficinas de la Central News Agency, servicio que proporcionaba información a los diarios de todo el Imperio británico, llegó una carta.








La carta, conocida como “Dear boss letter” decía lo siguiente


“Querido Jefe, desde hace días no dejo de oír que la policía me ha atrapado, pero en realidad todavía no me ha pillado. En mi próximo trabajo le cortaré la oreja a la dama y se la enviaré a la policía para divertirme. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo de gritar. Mi cuchillo está tan bien afilado que quiero ponerme manos a la obra ahora mismo. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito. Guardé un poco de preparado rojo en una botella de cerveza “Ginger” del último trabajo para utilizar el contenido escribiendo sobre el último trabajo, pero se secó y se transformo como en una gelatina y no lo pude usar. Creo que la tinta roja será suficiente, ja,ja. El próximo trabajo que realice cortaré los lóbulos de la dama y se los enviare a los jefes de la policía para divertirme. Retenga esta carta hasta que haga más trabajos, después puede darla a conocer. Mis cuchillos son tan lindos y filosos que quiero comenzar a trabajar ya, si es que tengo una oportunidad…Buena suerte. Sinceramente Jack el destripador”.

Por alguna razón he tenido muchas dificultades en conseguir una traducción completa de la carta, y no he encontrado ninguna de la post data que viene a continuación, no me atrevo a traducirla así que la reproduciré en inglés por si alguien nos hace ese favor.

“Dont mind me giving the trade name
PS Wasnt good enough to post this before I got all the red ink off my hands curse it No luck yet. They say I'm a doctor now. ha ha”

Como suele ser habitual en este tipo de circunstancias, las redacciones de los periódicos estaban llenas de cartas (se llegaron a contabilizar hasta 128) con falsas confesiones y otras chifladuras por el estilo de manera que en aquel momento nadie hizo mucho caso de aquella misiva en cuestión.

Para entonces, reinaba la confusión en Scotland Yard y en la desesperación se acudían a métodos muy poco ortodoxos, algunos agentes disfrazados de mujeres de vida alegre recorrían Whitechapel como señuelos, varios de ellos fueron atacados por los habitantes del distrito, seguros de que se trataba de mirones lúbricos o de algo peor. Grupos de estudiantes de Oxford y Cambridge que hacían labor social en el East End organizaron patrullas y se unieron a la caza del asesino. Nadie sin embargo halló pista alguna.

En un intento de proceder científicamente, la policía abrió los ojos del cadáver de Annie Chapman, de los que tomó fotografías con la esperanza de encontrar en las retinas la imagen de lo último que la víctima hubiera visto. Pero no se halló ninguna imagen. Se utilizaron en el caso dos enormes perros sabuesos, Burgho y Barnaby, pero los chuchos en un primer momento no hicieron otra cosa que ladrar y perseguir a inocentes transeúntes, posteriormente se perdieron en la niebla y tuvieron que ser rescatados. La búsqueda prosiguió sin ayuda de los perros.
Por fin en la madrugada del 30 de septiembre tuvo lugar la auténtica noche del cazador para mister Jack que golpeó en dos ocasiones. La primera víctima fue Elizabeth Stride, mujerzuela alta y flaca a quien apodaban “Long Liz”. Un buhonero descubrió el cadáver hacia la una de la madrugada, al entrar con su carro y su caballo en el patio trasero del Club Internacional para la Educación de los Obreros, en Berner Street. La víctima sangraba todavía por las heridas que le hizo el cuchillo del asesino.



Media hora después, el Destripador atacó de nuevo, en esta ocasión a Cahterine Eddowes. La pobre mujer había pasado parte de la noche bebiendo, y la policía la había conducido a la cárcel de Bishopsgate para que durmiera allí la borrachera. Aquella noche de sábado las celdas no tardaron en llenarse de beodos. Se recibieron instrucciones de poner en libertad a los que estuvieran menos ebrios, y Catherine se contaba entre ellos.

La mujer salió a la calle a la una de la mañana, y en su vacilante andar desde la comisaría de policía hasta Mitre Square se tropezó con el Diablo. A las dos menos cuarto de la madruga un agente que hacía su ronda halló el cadáver. La víctima tenía la cara horriblemente mutilada y la garganta abierta: el asesino le había sacado el riñón izquierdo y casi todas las demás entrañas, que se llevó consigo. En la autopsia se descubrió que la mujer llevaba entre sus vestidos todas sus pertenencias: un despuntado cuchillo de mesa, un pedacito de franela roja para sus alfileres y uñas, y dos cajitas, una para el azúcar y otra para el té. Al igual que las otras tres víctimas, Catherine tenía por único hogar sus propias ropas.





Antes de que trascendieran al público estos nuevos espantos, la Central News Agency recibió otra supuesta comunicación de Jack el Destripador el día 1 de Octubre.






A esta nueva misiva se la conoció como “The Saucy Jack postcard” y decía así:

“No bromeaba querido jefe cuando le di el chivatazo. Mañana tendrá noticias del «Bueno de Jack» (Saucy Jack). Esta vez, la cosa es doble; la primera chilló un poco y no pude rematarla, no me dio tiempo a quitarle la oreja para la policía, gracias por retener mi última carta hasta que volví al trabajo.
Jack el Destripador.”

Esta referencia a unos hechos que aún no eran conocidos así como el hecho de que el asesino hubiera, efectivamente, intentado cortar la oreja de una de sus víctimas convenció a las autoridades de que estas cartas eran obra del auténtico asesino.

La carnicería del 30 de septiembre provocó las protestas no sólo de los habitantes del East End de la metrópoli (incluidas cuatro mil mujeres que enviaron una petición a la Reina), sino también de otros muchos habitantes de Londres. Las terribles condiciones de vida de los pobres, sumadas al total fracaso de la policía, estuvieron a punto de causar la caída del gobierno. La soberana, iracunda, mandó una nota al ministro del Interior conminándole a actuar con energía so pena de ser destituido. Whitechapel hervía de agentes policíacos y voluntarios. En Scotland Yard se recibían millares de cartas firmadas por impostores que aseguraban ser Jack el Destripador. Pero el 16 de Octubre George Lusk, líder del Comité de Vigilancia de Whitechapel recibió la conocida como “From hell letter".

“Desde el infierno. Señor Lusk. Señor le adjunto la mitad de un riñón que tomé de una mujer y que he conservado para usted, la otra parte la freí y me la comí, estaba muy rica. Puedo enviarle el cuchillo ensangrentado con que se extrajo, si se espera usted un poco. Firmado, Atrápeme si puede Señor Lusk.

Jack el Destripador.”

En la misiva efectivamente venía la mitad de un riñón humano, conservado en alcohol de vino, que se supuso pertenecía a la difunta Catherine Eddowes pero esto nunca pudo ser comprobado.

Durante casi un mes, el criminal no dio señales de vida. Sin embargo, aún no estaba satisfecho. El día 9 de noviembre amaneció húmedo y nebuloso, cierto cobrador de alquileres llamó a las once menos cuarto de la mañana a la puerta de una miserable casa de huéspedes situada en el número 13 de Miller´s Court, donde habitaba Mary Jeannete Kelly, prostituta de veinticuatro años de edad. Como nadie contestó el cobrador, que conocía bien las estratagemas de los inquilinos, fue hasta una ventana que tenía un cristal roto, apartó una cortina y escudriñó el interior. Lo que allí vio le hizo correr, dando gritos, en busca de la policía.

El cuerpo de la mujer yacía en la cama, con la cabeza separada casi por completo del tronco y el rostro acuchillado, lo cual hacía que sus rasgos resultaran irreconocibles, un pecho se hallaba debajo de la cabeza y el otro junto al pie derecho, el hígado entre los pies, los intestinos a la derecha y el bazo a la izquierda del cuerpo, sobre una mesa había colgajos extraídos del abdomen y los muslos El asesino había colocado el corazón de su víctima encima de la alhomada, y había echado parte de las entrañas sobre el marco de un cuadro. Este fue el único de los crímenes que no se cometió en plena calle, es decir, el asesino, al encontrarse en un recinto aislado y cerrado, tuvo espacio y tiempo suficiente para mostrar un ensañamiento muy superior del que había hecho gala en los asesinatos previos donde era menester que se diera más prisa en terminar.





El de Mary Kelly fue el último asesinato atribuido a Jack el Destripador. Y el misterio de la identidad del brutal asesino comenzó a adquirir las proporciones que habrían de hacer del caso el mayor enigma criminológico de todos los tiempos.

Si exceptuamos las fechorías de algunos perturbados miembros de la nobleza europea, antes del otoño de 1888 se consideraba que los hombres mataban por una razón. A partir de ese momento poco a poco comenzó a traslucirse que el impulso sexual podía enlazarse y fundirse con la violencia, engendrando la amalgama familiar conocida hoy como “sexo y violencia”. En esencia la mutación consiste en que el asesino obtiene satisfacción sexual de la muerte que inflige, y la alienación social agudiza su sed de sangre. A pesar de que ninguna víctima fue agredida sexualmente la mutilación de los órganos sexuales no deja lugar a dudas a este respecto. Pareciera que la finalidad de los asaltos era subyugar y humillar el cuerpo femenino, abandonándolo en una postura de súplica ritual, con los miembros extendidos y destripado. De este modo la supremacía masculina queda de manifiesto más enérgicamente que en el coito.

Semejante salvajismo era una novedad, excedía ferozmente cualquier requisito para extinguir una vida. El hecho de que tanta violencia no fuese dirigida contra ningún individuo en particular representó un salto exponencial en el horror. Quizás fue esa incomprensión la que motivo que un asesino que cometió sus crímenes en el lapso de diez semanas (dos de ellos la misma noche) y en un espacio físico tan limitado no pudiera ser capturado pese al empeño de las fuerzas del orden y de la sociedad civil (incluida, como hemos visto, la Corona Británica).

Una de las características que hace que estos crímenes sean tan recordados más de cien años después es precisamente el hecho de ser un horror experimental que predecía una forma de matar que en el siglo venidero se haría incluso rutinaria. Aquí tenemos ya al individuo que mata a personas que no conoce pero que son una manifestación de sus obsesiones personales (por lo general una atroz misoginia y un marcado fetichismo), un individuo que además mata de forma serial, a un tipo de víctima con características especiales y de una forma parecida. Tenemos también el marcado carácter sexual de los crímenes (que como hemos comentado no tiene necesariamente que incluir relaciones sexuales), así como una complacencia en exhibir al mundo sus sangrientas hazañas lo que incluye una comunicación directa con la prensa.

Por si todo esto fuera poco hay que añadir el hecho de que la identidad del asesino permanece oculta, posiblemente para siempre, algo que permite que se multipliquen las más variopintas teorías que contribuyen a alimentar el misterio, tal y como ocurre siempre con los enigmas sin posible solución. El primer de los cuales sería ¿por qué el Destripador dejó de matar? Lo que no se sabía entonces y sí se sabe ahora es que un asesino en serie casi nunca se detiene, su impulso criminal le obliga incluso a reducir el intervalo entre sus crímenes hasta que finalmente comete un error (de forma incluso voluntaria en ocasiones) y es detenido. Resumiendo que es poco posible que alguien que ha actuado de esta manera se asuste y se retire, posiblemente el Destripador se marchó a otro lugar donde sus actos no tuvieran tanta repercusión pública, fue detenido o internado por otros delitos sin relación con el asunto de Whitechapel o simplemente falleciera de forma natural o accidental.

Pero desde luego el mayor misterio no es por qué mataba Jack el Destripador ni por qué dejó de hacerlo, el mayor misterio es quién se ocultaba detrás de ese macabro apodo. Como hemos dicho, con respecto a la identidad del asesino se ha avanzado poco, pero lo bastante para crear una industria: la Destripología. En un primer momento la policía apuntó a los artesanos del barrio, carniceros y matarifes, que conocían la zona y podían disponer de lugares donde ocultar sus ropas ensangrentadas, se llegó a interrogar a algún sospechoso, pero en el año 1888 la ciencia forense aún carecía de una función significativa, a menos que se atrapara al asesino con las manos en la masa era poco lo que se podía hacer.





Entrando ya en el campo de las puras especulaciones muchos victorianos eminentes fueron señalados más tarde o más temprano como si fueran el verdadero Jack el Destripador; se barajaron atractivas teorías de conspiraciones que abarcaban desde la Casa Real (se mencionó incluso el nombre de alguien que el futuro llegó a ocupar la Corona) al Gobierno y los francmasones, pasando por la policía política zarista enviada para poner en aprietos a Scotland Yard. Con respecto a la teoría real se especula que el carácter ilustre del asesino motivó que éste fuese puesto fuera de la circulación de alguna manera para evitar un escándalo mayúsculo y que tal es la explicación de la brusquedad con la que cesaron los crímenes. Uno de los sospechosos más extravagantes respondía al nombre de James Kenneth Stephen, primo de Virginia Woolf y amigo (o amante) del Duque de Clarence, nieto de la Reina Victoria.





Otro candidato muy popular ha sido siempre Walter Sickert, pintor impresionista e individuo que podría ser considerado como un modelo del tipo de excéntrico inglés del siglo XIX. Aunque se habló igualmente de sus relaciones con la Corte británica, parte de la teoría que hace mención a su nombre se sostiene más bien en algunos de los cuadros que nos dejó el artista británico y que fueron interpretados por algunos como una forma de auto delación.





En lo que se refiere a la conexión francmasónica se basa casi por completo en una sola palabra: “juwes”. Esta palabra formaba parte de la inscripción encontrada tras uno de los asesinatos de Goulston Street: “Los juwes son aquellos a quienes no se culpará de nada”. Independientemente de que estas palabras fueran garabateadas por el auténtico asesino, se dijo que el término “juwes” podía haber hecho referencia al nombre colectivo que se asigna a Jubela, Jubelo y Jubelum, los asesinos del maestro masón del templo de Salomón. Aunque también hay una interpretación mucho más obvia que sugiera que en realidad la palabra era un término vulgar para referirse a los judíos (jews en ingles) un colectivo que, como hemos visto a lo largo de la historia, suelen aparecer como cabezas de turco en cualquier situación con la que puedan ser relacionados.



Al margen ya de teorías conspiratorias, la lista de candidatos individuales es aún más larga y abarca innumerables nombres de criminales diversos que fueron ejecutados, murieron en prisión o se suicidaron, incluyendo uno llamado Neil Cream (médico envenenador de Chicago) cuyas últimas palabras (antes de que la soga le quitara el habla definitivamente) fueron “Soy Jack…”. Muchos de estos sospechosos tenían relación con el mundo de la prostitución, se habló incluso de algunos que ejecutaron alguna suerte de venganza por haber sido contagiados (ellos o alguno de sus familiares) de alguna enfermedad de transmisión sexual aunque personalmente creo que no hay nada de ello, el que las víctimas fueran prostitutas responde más bien al hecho de que se trataba de un grupo social que constituía un objetivo fácil, al que se podía conducir, con el señuelo de unas cuentas monedas, a algún lugar donde cometer el crimen impunemente.


La Destripología se ha visto alimentada por una sucesión de documentos que han sido revelados al público con cuentagotas a lo largo de estos cien años. En 1959 se descubrió el “Memorandum Macnahgten”, de 1894, donde se constatan las impresiones de los agentes adscritos al caso y se mencionaba el nombre de dos sospechosos (Druitt y Ostrog) aunque por desgracia dichos documentos no explicaron en qué se basaba dicha sospecha. En 1987 se descubrió el “Marginalia de Swanson” basado en las observaciones de otro policía encargado de la investigación y que revelaba la existencia de un tercer sospechoso (Kosminski) de origen judío y polaco. Las fotos de los cadáveres que ilustran esta entrada no fueron publicadas hasta 1972 y los macabros detalles del estado en el que se encontró a Mary Kelly no fue dado a conocer hasta 1987.

Lo cierto es que la combinación de la brutalidad de los crímenes y el misterio de la identidad del asesino han contribuido a mantener vivo el interés sin que este decreciera ni un ápice a pesar de todo el tiempo transcurrido. En general, es imaginado como un hombre astuto, taimado y aún muy vivo en cada nuevo asesino sexual al que se anuncia como un sucesor. Se han escrito más de cien libros acerca del Destripador, amén de varias óperas y diez filmes compuestos con el mismo tema.

Se considera a “The lodger”, escrito por Marie Belloc Lownes y publicada en 1913, como la obra de ficción que verdaderamente popularizó al Destripador, este libro ha alcanzado 31 ediciones, se ha traducido a 18 idiomas y ha dado lugar a cinco películas, la primera de ellas firmada por Alfred Hitchock. Recuerdo haber visto una de esas versiones (no la de Hitchcock sino otra posterior) que se apuntaba a la teoría de un individuo que actuaba por venganza contra las mujeres de mala nota que habían arruinado física y moralmente a un hermano.


Ya conté en cierta ocasión cómo mi primer acercamiento a la figura del Destripador (en lo que a imágenes en movimiento se refiere) vino por la película “Los pasajeros del tiempo” (Time after Time) en la que se jugaba con la idea de poner en relación a dos personajes de la época, el propio Jack y el escritor H.G. Wells.


Aparte de este recuerdo algunos otros títulos más en los que se hacía referencia directa a la figura del Destripador, uno era “Asesinato por decreto”. En esta ocasión era el mismísimo Sherlock Holmes (por cierto que Sir Arthur Conan Doyle metió baza en la época de los asesinatos insinuando que el asesino huía del escenario del crimen vestido de mujer) el encargado de investigar las masacres de Whitechapel. La película se adscribe a la teoría de la conspiración monárquica contando la historia de un miembro de la Casa Real que había mantenido relaciones con una prostituta llegando a engendrar a un bastardo, los asesinatos serían una forma de encubrir el desafortunado desliz.


Más o menos por el mismo camino transitaba la película “From hell”, el ejemplo más reciente de “cine del Destripador” y basada en un cómic homónimo de Alan Moore, una de esas obras del noveno arte (junto con otros títulos como “Maus” o “Watchmen”) que se supone que, incluso los que no frecuentamos el medio, deberíamos leer.


Ninguno de estas películas es demasiado mala, tampoco demasiado buena, son obras correctas con mayor o menos grado de interés. Quizás el motivo de que no se haya hecho nunca la película definitiva sobre el tema es el mismo por el que se puede decir que no existe el libro definitivo ni la teoría definitiva. Después de tantos años la historia del Destripador continua siendo una obra inacabada que sigue esperando que se ejecute el último movimiento, algo que será difícil que llegue porque, a pesar de todo lo escrito y especulado lo cierto es que seguimos sabiendo del Destripador ahora tanto como entonces, el secreto de lo sucedido entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888 quedó para siempre encerrado en las neblinosas y húmedas calles de un skid row londinense donde sólo habitaban los miserables.


14 Comments:

Blogger 3'14 said...

Tengo que cenar algo antes de leer esta entrada, y haber digerido el tiempo suficiente para que no se me revuelva el estómago... Así que pospongo la lectura.

11:56 AM  
Blogger El Impenitente said...

Fue Raúl. En las pupilas de todas las víctimas se le podía ver señalándose el nombre en la espalda. La prensa madridista, que ya entonces era la canallesca, se encargó de silenciar los crímenes.

No digas que éste va a ser el último capítulo del "Abecedario del crimen". No puedes decirlo. No puede ser.

Eres muy grande, maestro.

3:24 PM  
Blogger Vargtimen said...

La verdad es que Jack fue todo un pionero con su manera de hacer el mal, lástima que nunca conoceremos su identidad. Lo que me ha sorprendido es que sólo actuara durante 10 semanas. Con la notoriedad que alcanzó, pensaba que había durado mucho más tiempo. Por último, la cerveza Ginger que nombra en la carta, probablemente no se refiera a ninguna marca en concreto, sino a una botella de cerveza de jengibre, que es bastante popular en los países anglosajones e incluso la venden también en España, el otro día precisamente compramos para la fiesta de Halloween.

3:31 PM  
Blogger SisterBoy said...

Pues posiblemente sea el último, en cinco años ya he exprimido todo el material, de todos modos he decidido que de haberlo será sólo una vez por año así que quedan doce meses para buscar alguna otra cosa :)

¿Lo de buscarla para Halloween es porque era de color rojo?. Hombre con una buena botella de granadina hubiera servido también.

3:40 PM  
Blogger Ra está en la aldea said...

Pues al respecto de la montaña de páginas escritas sobre el tema también debo dirigirte a From Hell, que tiene un apéndice estupendísimo en el que se disecciona a los investigadores del Destripador. Y de verdad, no sé qué haces todavía sin haber leído From Hell, que es imprescindible en el bagaje de cualquier hombre que se vista por los pies.

6:33 AM  
Blogger SisterBoy said...

Lo haré, lo haré, yo siempre leo los cómics que se supone que se tienen que leer.

9:36 AM  
Blogger Slim said...

a mi me ha pasado como a Varg, creia que habia estado mucho mas tiempo "actuando".
Lo que mas me ha gustado de este post es ver la portada de las Selecciones del Reader's Digest, que las devoraba de pequeña y durante años he pensado que era la unica del mundo que lo hacia, porque nadie lo conocia nunca! creo que la proxima vez que vaya a casa de mis padres rebuscare por su trastero, que seguro que los guardan.

11:43 AM  
Blogger SisterBoy said...

¡Encuentralos y salvalos del olvido!. Ya digo que alguna vez tendremos que hablar con calma de esta singular revista.

1:42 PM  
Blogger Ra está en la aldea said...

Sí, sí, por favor, el Reader's Digest es único e inabarcable. Aún recuerdo cómo me marcó un artículo sobre impedidos que pintaban preciosos óleos con los pies.

5:28 AM  
Blogger SisterBoy said...

¡Y esos títulos! como aquel de la sección "Drama de la vida real" que decía "¡No resisto más!. Y el abismo a sus pies..."

6:12 AM  
Blogger Slim said...

ah ese articulo de los pies lo lei yo tambien!! y tambien me dejó KO!
a mi me gustaba "La Risa, remedio ifalible" jaja

4:58 AM  
Blogger El Impenitente said...

En casa de mis padres nunca falta el calendario de "Artis mutis".

El "Reader's Digest" a mí me retrotrae a casa de mi abuela materna. Esos sí que están perdidos para siempre.

10:31 AM  
Blogger bolboreta said...

Qué entrada más fantástica, Sister. Así da gusto volver al tajo :)
A mí también me encantan las Selecciones. A ver si un día te animas a escribir algo y comentamos.

Por cierto, que sí, que ya estoy de vuelta pero aún tengo que ponerme al día. A ver si me llevo a Refres al cine... ;)

Un abrazo grande.

3:38 AM  
Blogger SisterBoy said...

Bienvenida a la vieja europa. Para empezar podrías llevarle a ver "Melancolía" de la que espero hablar proximamente.

3:53 AM  

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