Thursday, May 16, 2013

La noche más mefien mabbebonita.


Allá por Noviembre del año 2009 despedíamos en estas mismas paginas a José Luís López Vázquez y comentábamos que dicho actor podría ser considerado la personificación del “español medio” al menos durante una época de nuestra historia. Pero añadíamos que ese “honor” quizás debía ser compartido con Alfredo Landa, otro emblema hispano de los años sesenta, hasta tal punto que es, que se sepa, el único actor español que ha dado nombre a un subgénero cinematográfico.

Si López Vázquez “daba vida a ese individuo poco agraciado, no demasiado inteligente y aquejado siempre de una imparable verborrea que tenía que servirse de todos los recursos del pícaro para poder sobrevivir en un mundo que le condenaba a un perpetuo estado de agobio” (cita textual del comentario del año 2009), Alfredo Landa ofrecía más la imagen de un individuo tosco, ingenuo, tampoco demasiado inteligente pero carente de la malicia y de la calculada sumisión de los personajes a los que interpretaba Vázquez. En definitiva, un tipo honesto pero capaz de arrebatos de mala leche de un carácter mucho más físico.

De todos modos, en el caso del comentario de hoy contamos, además de con la abundante filmografía que dejó el actor navarro, con el material añadido de una biografía del propio Landa publicada en 2008 y de una sinceridad posiblemente involuntaria (sobre todo porque el libro al final no le dejaba a él mismo demasiado bien que digamos), un arrebato del que Vázquez (un hombre de una sorprendente opacidad en cuanto a su vida fuera de las pantallas se refiere) no parecía capaz.


Alfredo Landa nació en Pamplona en 1933 hijo de un Guardia Civil y perteneciente por lo tanto a una clase social más castrense que civil, a pesar de ello Landa no dio nunca (a excepción de los últimos años de su vida en los que cayó en las redes de Federico Jiménez Losantos y compañía) muestras de tener ninguna clase de interés en los asuntos del tipo de país que le tocó en suerte  y durante toda su carrera se dedicó (al igual que la inmensa mayoría de españoles) a sobrevivir adaptándose a las penurias del régimen sin meterse nunca en nada que tuviera cariz político.

Pasando por alto sus años de formación en el teatro y yendo directamente, como siempre que hacemos cuando la palma un actor famoso o al menos conocido, a su lista de películas de la imdb la primera que descuella es “Atraco a las tres” la comedia de José María Forqué que constituye una de las cumbres del género en nuestro país por más que la interpretación de un Alfredo Landa de 29 años, y prácticamente bisoño en papeles de entidad en el séptimo arte, palidecería al lado de monstruos de la profesión como Gracita Morales, Manuel Alexandre, Cassens, Agustín González o el recurrente J.L. Vázquez 



Al año siguiente (tras otros trabajos entre ellos una participación que la verdad no recuerdo en la película “El Verdugo”) vino otro papel secundario en una película no demasiado celebrada pero por la que siento debilidad, se trata de la versión de “La Verbena de la Paloma” con Vicente Parra y Concha Velasco en los papeles principales y en la que Landa daba vida, con desternillante eficiencia, a un pobre hombre que le “prestaba” su novia a Julián para darle celos a la Susana.






La década prodigiosa siguió desgranándose entre más papeles de reparto entre los que destacaría el de “Ninette y un señor de Murcia” (un rol que repetiría veinte años más tarde para una serie de televisión), “La ciudad no es para mí” (hacía una simpática intervención en forma carnicero aficionado a recitar pasajes de “Don Juan Tenorio”) y “De cuerpo presente”, un insólito intento de hacer cine experimental del que el propio Landa renegaría en sus memorias.






Hasta ese momento la carrera de Landa, como se ha dicho antes, era la de un secundario resultón, un rostro bonachón y simpático que siempre resultaba agradable ver en pantalla, una de esas caras que siempre se recuerdan aunque lo que jamás recordemos es el nombre que se esconde detrás de ella. Y en eso llegó el “landismo”.

Estábamos a finales de los años sesenta y el cine popular respondía, como ha sucedido siempre aunque como siempre también de manera implícita, a los cambios sociales y políticos del país, la influencia del turismo masivo en las costas españoles, el intento de los gobernantes del país por integrarse en la realidad europea que nos rodeaba y la inevitable suavización de la férrea moral católica imperante, trajo consigo una relajación de las costumbres que dio como resultado el nacimiento del personaje que convertiría a Landa en uno de los rostros más populares del país, en su encarnación del español nacido en los linderos de la Guerra Civil y criado en medio de una extremada represión sexual que se mostraba confundido y a la vez excitado por el abanico de posibilidades que de improviso se le presentaban a él y a la nación entera. Quizás la imagen más emblemática de aquel tipo de cine, y del landismo en particular, sea la del comienzo de “Manolo la Nuite”, ilustración de las fantasías eróticas de una toda una generación.





¿Y con qué película empezó el landismo? Pues no lo sé, entre otras cosas porque no he visto la mayoría de ellas, ya cuando las pasaban con frecuencia por la televisión me parecían bastante malas (el propio Landa decía en su biografía que la mayor parte de ellas eran una mierda) y posteriormente no he sentido el más mínimo interés por recuperarlas (un interés que sí anima a un puñado de cinéfilos españoles empeñados en revivir una época de cutrez que la mayoría de ellos no tuvo ocasión de sufrir en sus propias carnes).   

De todas maneras sí que recuerdo haber visto algunos de los filmes de esa etapa, entre ellos por ejemplo, “No somos de piedra”, dirigido por Manuel Summers y con un historia en la que Landa interpretaba a un exasperado marido que montaba una pantomima en la que un falso obispo convencía a su mujer (la imprescindible Laly Soldevila) para que tomara anticonceptivos y así poder echarle un casquete que no concluyera inevitablemente en un nuevo hijo que engrosara su  ya numerosa prole. 


También está “No desearas al vecino del quinto” en el que el actor daba vida al propietario de una boutique que, gracias a su aspecto asarasado, conseguía vencer los recelos de los maridos y novios de sus clientas para así ponerse las botas con ellas sin miedo a un recibir un escopetazo. El filme encabezó durante muchos años la lista de los más taquilleros de nuestra industria.



Y también está por supuesto “Vente a Alemania Pepe” de Pedro Lazaga (uno de los sumos sacerdotes de la cochambre fílmica nacional) que por lo menos combinaba la astracanada habitual con una suerte de análisis social del fenómeno de la emigración e incluso del exilio político. Posiblemente uno de los pocos títulos de esta lista que da menos vergüenza ajena ver



Algunos nombres que destacan un poco entre una interminable relación de películas (en ocasiones incluso cuatro al año) que poblaron toda la etapa del tardofranquismo, la mayor parte de las cuales no valdría, repito, la pena revisar ni siquiera con intenciones antropológicas pero que fueron la mayoría grandes éxitos de público y que contribuyeron a que Landa adquiriera fama y fortuna mas no demasiado auto estima según, una vez más, sus propias palabras.

Pero así era la vida, Alfredo Landa era en el cine el equivalente a un trabajador de clase obrera, había que levantarse por la mañana y meterse en la mierda para mantener a la familia y pagar las facturas, no había tiempo (ni posiblemente intención) de pensar en lo que se estaba haciendo, había que trabajar lo más que se pudiera y aprovechar al máximo la época de vacas gordas en una profesión tan inestable como la de actor.

Pero de todos modos Landa tampoco era inmuneal anhelo de todo artista por, además de ganarse la vida, adquirir alguna clase de excelencia en su profesión, sabía lo que estaba haciendo y lo aceptaba pero tenía sus ilusiones de trascender un poco al tipo de películas que le había hecho célebre. El primer intento por diferenciarse un poco de tanta grima vino con “El puente” ya en 1977 y con nada menos que Javier Bardem a los mandos. En esta suerte de road movie a la española, Landa interpretaba a un obrero que trataba de llegar a la costa para darse un homenaje de sangría, marisco y suecas durante unos días de puente, en resumen un carácter emblemático de la filmografía del actor, en su recorrido el juerguista se tropezará con la realidad social y política de su país y acabará por adquirir conciencia de clase


De todas maneras este tipo de veleidades artísticas no hacía olvidar al actor qué era lo que pagaba las habichuelas y el mismo año que se estrenó el puente aparecía también en “Tío ¿de verdad vienen de París?”, escrita y dirigida por Mariano Ozores (ídem al comentario anterior entre paréntesis sobre Pedro Lazaga) con un argumento similar al de la comedia americana “Uncle Buck” aunque con unos niveles de rijosidad, comprensibles a principios de década pero inadmisibles en plena Transición, que culminaba en una delirante escena en la que Landa se “disfrazaba” de homosexual para infiltrarse en una fiesta gay y salvar a su sobrino de una pandilla de saturnianos que pretendían llevárselo al huerto. Estuve tan obsesionado con esa escena que conseguí bajar la película, editarla y ponerla en youtube para espanto de las generaciones futuras.



De hecho esta dualidad se reproduciría a lo largo de los años siguientes y Landa siempre combinó títulos con algo de prestigio con horrendas producciones como “Polvos mágicos” (que se convirtió en un inesperado éxito de público a pesar de los deseos expresos de Landa de que un rayo fulminara el negativo haciéndolo desaparecer por completo) o “Profesor eróticus” (a la que Landa dedicó idénticos deseos aunque esta al menos no la vio ni el Tato). En resumen un montón de porquería que ni siquiera tenía algo de la gracieta de las películas del landismo y que constituyen el punto más bajo de la filmografía patria y un tipo de cine que, para bien o para mal, terminaría por desaparecer en los años siguientes


Pero bueno, dejemos la caspa y volvamos al cine de verdad y a las muchas y buenas películas que Landa protagonizó en los años que siguieron a su redescubrimiento como actor. En 1979 se produjo el primer encuentro con un cineasta que resultaría fundamental en su nueva etapa, hablamos de José Luís Garci  y de “Las verdes praderas”, filme en el que Landa interpretaba a un ejecutivo de una compañía de seguros que manifestaba una creciente insatisfacción por el estilo de vida pequeño burguesa en el que se encontraba inmerso. La película era deudora de la inefable mitomanía de Garci y aspiraba a ser la versión española de todos esos títulos sobre ejecutivos estresados que protagonizara Jack Lemon, lo malo es que en ya en su día la cinta tenía un cierto aroma de ausencia de verosimilitud pues no respondía ni con mucho a la forma de vida de la mayoría de los españoles y vista hoy en día resulta tan floja y blanda como la mayor parte del cine del director asturiano.



Ese mismo año se estrenó “Paco el seguro”, una coproducción francesa la cual no sólo no he visto, sino que hasta que leí sobre ella en la biografía antes reseñada desconocía su existencia, aunque la descripción que de ella hace Landa (como una tragedia de ribetes sofoclianos)  consiguió captar mi interés y espero poder verla algún día.

Dos años más tarde llegó “El crack”, un nuevo homenaje de Garci al cine de su infancia, en esta ocasión centrado en el género negro. Landa interpretaba aquí a Germán Areta, un investigador privado con todos los tópicos de la profesión, quizás estemos ante posiblemente el mayor esfuerzo del actor por separarse de los papeles en los que se había encasillado, de hecho muchos opinan que tuvo que dejarse el bigote para conseguirlo. Dos años más tarde protagonizaría igualmente “El crack 2” con pretensiones y resultados semejantes.


Pero el gran momento de Alfredo Landa llegaría en 1984 cuando Mario Camus adaptó a la gran pantalla uno de los dramas rurales de Miguel Delibes. Estamos hablando por supuesto de “Los santos inocentes”, un gran éxito de crítica y público, una de las mejores y más laureadas cintas de nuestra filmografía más reciente y un filme en el que Landa tuvo que medirse con un impresionante elenco de actores entre los que estaban Francisco Rabal, Juan Diego (mi preferido), Agustín González, Terele Pavez, Mary Carillo, etc…. Landa consiguió hacerse un hueco con su interpretación de Paco “El bajo”, un campesino que vivía en estado de semi esclavitud al servicio de unos señores cuya actitud era en el mejor de los casos de un paternalismo nauseabundo (inolvidable la estremecedora imagen de Paco convertido en un hombre-perro olfateando la caza del amo). La interpretación del dúo protagonista (Landa y Rabal) mereció un premio en el festival de Cannes y de este modo se puede considerar esta película como el mejor momento de la carrera del actor que hoy homenajeamos


Pero la vida seguía y en España muy pocos actores pueden criar fama y echarse a dormir, incluso con un éxito como este a las espaldas. El landismo hacía tiempo que había terminado y Alfredo al menos podía permitirse el lujo de no poner su nombre a los bodrios en los que había tenido que trabajar en la década anterior, eso ya se había acabado. El mismo año en el que se estrenó “Los santos inocentes” Landa volvió a televisión para co-protagonizar una nueva versión de “Ninette y un señor de Murcia” y dos años más tarde volvió a repetir en “Tristeza de amor”, dos buenas y populares series de los tiempos anteriores a la privatización.

Pero también continuó su trabajo en el cine con mayor o menor suerte,  algunas veces mayor como en “El bosque animado” en la que interpretaba al bandido Fendetestas y en la que tenía una memorable escena con el bueno de Manuel Alexandre.




El resto de su filmografía fue una alternancia entre la televisión y el cine, en cuanto a este último buena parte de los filmes en los que intervino vinieron de la mano una vez más de José Luis Garci, cineasta con el que pondría punto y final a su carrera con la película “Luz de domingo”, lo malo es que también se puso punto y final a una relación personal y profesional de casi treinta años de duración sin que nunca se supieran con claridad las causas.

Al año siguiente Alfredo quiso poner punto y final a su carrera recibiendo el Goya homenaje a su trayectoria profesional, prometía ser una noche memorable pero nadie esperaba que lo fuese tanto, lo que ocurrió durante esa velada ya lo narramos en su momento  pero quedé tan fascinado por aquel espectáculo que no paré hasta conseguir una grabación en directo y sin editar (y por lo tanto sin censura al menos hasta su parte final) de la retransmisión radiofónica de aquella que me gustaría compartir con todos ustedes


 

Pero a nivel personal para mí el último acto de la vida de Alfredo Landa tuvo lugar con la lectura de esas memorias a las que se ha ido aludiendo a lo largo de todo el comentario, el libro se titula “Alfredo el Grande” y, lejos del tópico de que la vida personal de un actor no tiene nada que ver con los personajes que interpreta, el texto resulta una confirmación de la imagen que el público tenía del actor: un hombre vehemente, franco, muy poco dado a la sutileza, amigo de sus amigos e incapaz de guardar rencor a sus menos amigos (porque enemigos tampoco creo que tuviera) por más que no se privara de airear en público las vergüenzas de muchos de sus contemporáneos (motivo por el que el libro fue acogido con cierta polémica). Pero también revelaba, tal y como asimismo se ha dejado caer a lo largo del comentario, a un hombre que, sin dejar de recalcar que en la dura profesión de actor en la España de antes y ahora nunca se puede hacer ascos a ningún trabajo, siempre fue consciente de la cantidad de bodrios que se vio obligado a protagonizar y co-protagonizar y siempre tuvo el deseo íntimo de transcender un poco a toda esa mugre y lograr ganarse la vida de una manera más digna, algo que no logró hacer hasta el final de su vida.

Pero sobre todo el libro resulta un extraordinario documento acerca de toda una generación, los nacidos antes, durante o poco después de la guerra, obligados a vivir en una España terrible “de charanga y pandereta, cerrado y sacristía”, afrontando sin más armas que el tesón, el ingenio y la mala leche las innumerables cabronadas que tenían que sufrir los que tenían que ganare la vida día a día cualquiera que fuese su profesión, ya se tratase de un fontanero o de un actor (imprescindible el episodio que enfrento al bueno de Alfredo con el implacable vampiro de José Luís Dibildos) y que pasó de la postguerra, al desarrollo económico, el tardofranquismo, la transición y lo que quiera que sea el país en el que estamos ahora con la misma sensación de desconcierto. Hijos del agobio y del dolor.



Monday, May 06, 2013

Visto y a veces no oído.

1. LA PERDICIÓN DE LOS HOMBRES


Película turca de ciento cincuenta minutos de duración. Algunas personas podrían pasar lo primero pero no lo segundo, o viceversa, pero la idea de la combinación de ambas está claro que produce cierta aprensión incluso en cinéfilos curtidos como el que esto escribe.

Existe cierta tendencia a criticar la motivación de un metraje tan excesivo – puesto en relación con los noventa minutos que suele durar una producción media-, en ocasiones he compartido dicho criterio con según qué película pero en este caso no podría hacer tal, puede ser que “Érase una vez en Anatolia” dure mucho pero no hay en ella nada que sobre, todos y cada uno de esos ciento cincuenta minutos antes mencionados tiene su justificación a la hora de explicar la historia y el temperamento de los personajes que en ella intervienen.

En cuanto al carácter turquesco del filme, tampoco es algo que debiera influir en cualquier análisis del visionado de esta película, porque lo que se cuenta es algo que hemos visto en muchas otras: puede suceder en un campo nevado de Dakota del Norte (Fargo) o en un llano en llamas de México (La perdición de los hombres): es la historia de un crimen rural, un hecho vulgar, violento y grotesco, que sin embargo consigue retratar el ambiente en el que se desarrolla y provoca diversas reacciones entre los que asisten al pequeño drama haciendo que –algunos- se replanteen su lugar en un mundo en el que se puede desaparecer súbitamente en medio de un resplandor de mediocridad.

En este caso se narra cómo una comitiva de funcionarios judiciales, policías y soldados recorre las colinas de Anatolia en busca de la victima de un crimen cometido por oscuros motivos. El cortejo transita de forma estéril las desoladas regiones en busca del cadáver enterrado, un transito que produce diversas reacciones entre los protagonistas del monótono vagabundear aunque todas ellas giran principalmente en torno al cansancio, el  hastío y la exasperación por un crimen inescrutable y un procedimiento que parece no tener fin. Un inesperado arrebato lírico en medio de este sórdido ambiente marca un punto de inflexión en el desarrollo de la película que de la oscuridad (física y mental) de su primera hora de metraje pasa a un retrato algo más costumbrista sin dejar a un lado cierto tipo de reflexión filosófica que, por el contrario, podría aplicarse en cualquier lugar del mundo y en cualquier época de la historia.  

2. FENÓMENOS EXTRAÑOS

 


Los productores del “Calígula” de Tinto Brass decidieron añadir una serie de insertos pornográficos a lo largo de todo el metraje con el fin de estimular su visionado (era el año 1979, ustedes entenderán). Con la última película de Isabel Coixet ocurre algo parecido.

El filme se ha vendido como una especie de metáfora sobre la crisis en la que estamos inmersos desde hace siete años, sin embargo todo lo que en la película tiene que ver con esta cuestión (el ambiente político-social mostrado a través de noticieros y titulares de periódicos así como las referencias que al tema hacen los dos únicos personajes protagonistas) resulta obvio, forzado, desagradable y además da la sensación de ser un añadido al guión original con la idea (o al menos esa la impresión que se transmite) de dotar al filme de un valor añadido que en el fondo nada tiene que ver con lo que en realidad se quiere contar.

Lo curioso es que la película va ganando a medida que se despoja progresivamente de todo este  incomodo bagaje y se acerca a lo que posiblemente debió ser en su origen: la historia de una pareja que tras una prolongada separación (provocada por un trágico suceso) se reúne para ajustar una larga serie de cuentas pendientes, así pues podríamos resumir rápidamente esta película como una historia que fracasa en lo simbólico y triunfa en lo íntimo y personal. Bueno quizás la palabra “triunfar” sea un poco excesiva dado que el principal lastre que arrastra la película, aparte del ya mencionado, es la autoconsciente, teatral, excesiva y casi risible interpretación de Candela Peña, sobre todo si se la compara con la sobria y ajustada del siempre (desde los tiempos de “Ay Señor Señor” hasta nuestros días) de Javier Cámara. No sé si Candela Peña es buena o mala profesional, no he visto demasiadas películas de ella, pero desde luego en esta dan ganas de que parte del rocoso decorado del filme le caiga en la cabeza, pero hay que decir que también hay momentos en los que su trabajo resulta sobresaliente, son esos en los que la actriz se olvida de actuar y se pone a actuar (yo tampoco lo entiendo).


3. TATA GUGU




 

“Nana” es básicamente 60 minutos de una nena de 5 años haciendo sus monerías. Nada que objetar, la película al final resulta un ejercicio agradable de ver en sí misma, pero intentar encontrar algún sentido simbólico (como el que podría ser la repetición de los primitivos rituales campestres de los adultos) a esta versión ampliada y mejorada de un vídeo doméstico es un ejercicio destinado al fracaso. 


4. EL SÍNDROME DE ULISES

 



Entre “Malas Tierras” (su primer largometraje) y “Días de cielo” Terence Malick dejo pasar cinco años, su siguiente filme, “La delgada línea roja”, tardó diez años en estrenarse, luego pasaron otros siete años hasta que llegó “El nuevo mundo”, y más tarde  seis años más hasta que se presentó “El árbol de la vida”.

El hecho de que “sólo” un año después de su último estreno (y hay noticias de otros tres filmes en post producción lo que a lo mejor simplemente nos indica que el señor Malick ha caído en la cuenta de que la vida es muy corta) se haya presentado asimismo un nuevo proyecto, unido al hecho de que dicho nuevo proyecto “sólo” duraba 112 minutos (cuando la medía de sus tres últimas producciones era de 148) hizo que la comunidad cinéfila se amoscara un poco ante la llegada de “To the wonder”. 
 
Estaba claro que tras alcanzar la excelencia con “El árbol de la vida” (opinión que comparto con algunos matices) no era fácil que en tan poco tiempo los devotos de su cine soportaran una nueva obra maestra trascendental, porque precisamente las objeciones a “To the wonder” no han venido de los detractores de Malick (o más bien de los detractores del tipo de cine que Malick representa) sino precisamente de aquellos que habían caído subyugados por su anterior obra.

Antes que nada tengo que decir que mi opinión sobre la película está forzosamente alterada por el hecho de que tuve que verla en versión original y sin subtítulos, un esfuerzo inevitable si se tenía en cuenta que los diálogos son, además de en inglés, en francés, español e italiano. En cualquier otro filme esta circunstancia hubiese sido un serio hándicap pero lo cierto es que si existe un estilo fílmico en el que lo visual esté por encima de lo narrativo es precisamente el que practica Malick. Es posible que, precisamente por esta circunstancia, no haya prestado demasiada atención a los avatares sentimentales de los protagonistas de esta historia y sí más a un cúmulo de sensaciones (potenciadas por las habilidades estilísticas de Malick así como por su delicado uso de la banda sonora) que reflejan de un modo, que para mí no tiene precedentes, la sensación de desamparo y extrañamiento de dos personas forzadas a vivir en un ambiente que les es ajeno, incluso aunque el resto de la película careciera de valores artísticos (que tampoco es el caso) las imágenes de Marina (una joven francesa) y el padre Quintana (un sacerdote de origen español) recorriendo con desconcierto (que resulta doble en el caso del clérigo pues a la desazón del extranjero se une la progresiva pérdida de la fe cristina) el paisaje aséptico (un mundo según Marina “limpio, honesto y rico”) de las ciudades y praderas de Oklahoma harían que la experiencia de ver esta película valiera la pena.   


  

Wednesday, May 01, 2013

Señor, señor, las cosas que hemos visto.

1. LOS NIÑOS Y LOS BORRACHOS


Thomas Vinterberg tiene el dudoso honor de haber producido –y con sólo 29 años- el mejor filme de aquel movimiento conocido como “Dogma” (que terminó por ser más valioso por el debate que trajo consigo que por sus resultados puramente cinéfilos). Después de aquello el director danés encadenó una serie de películas con mayor o menor fortuna (más bien menor que mayor) de la que sólo recuerdo “Querida  Wendy”, una interesante metáfora sobre los Estados Unidos y su especial interpretación del concepto de defensa propia que sólo vimos algunos y que nos gusto todavía a menos.









Después de este estado de semioscuridad Vinterberg vuelve al candelero con una cinta que tiene muchos puntos en común con su obra más alabada. Si recordamos, “Celebración” contaba la historia de un hombre que aprovechaba una reunión familiar para echarle en cara a su padre haber abusado de él y sus hermanos cuando eran niños, en “La caza” se invierte el punto de vista y se aborda la cuestión de la pederastia desde la óptica del profesor de una guardería infantil que es acusado de abusos sexuales por parte de una alumna.

Lo primero que hay que decir es que no estamos ante un thriller de suspense que gire en torno a la culpabilidad o inocencia de un sospechoso, por las razones que sean el realizador danés deja esta cuestión totalmente clara desde el inicio de la película, como si quisiera precisamente que nadie se distrajera con esta circunstancia. Lo cierto es que a nivel personal me parece una orientación contraproducente desde un punto de vista estrictamente cinematográfico (el dejar a un lado la cuestión de la presunción de culpabilidad –o inocencia- en un asunto tan proclive a la ambigüedad como los abusos sexuales en la infancia me parece perder una baza importante para sostener el interés del argumento) y como mínimo inquietante desde un punto de vista moral porque pone en duda un principio casi inatacable en lo que a este tipo de delitos se refiere.

Sin embargo al margen de esta cuestión, que por sí sola ya daría para debatir bastante, lo más impactante de “La caza” es esa metódica descripción de la progresiva caída en el infierno de Lucas (el profesor en cuestión al que interpreta un Mads Mikelsen cada vez más en boga y al que acompañan en su trabajo algunos viejos rostros conocidos de los tiempos del “Dogma” ) que sentirá en sus propias carnes como la comunidad en la que había vivido, y en la que se creía integrado, se vuelve en su contra con un encarnizamiento sobrecogedor. El espectáculo de la caída en desgracia de Lucas –una desgracia amplificada por el hecho de estar acusado de un crimen del que es imposible defenderse- resulta verdaderamente doloroso y está muy cerca de ese extraño sentido del drama excesivo del que hacían gala los directores del movimiento cinematográfico antes mencionado e incluso recuerdan a las demoledoras tragedias del igualmente excesivo R.W. Fassbinder.

La película no obstante concluye con una suerte de redención no demasiado coherente (al menos desde el punto de vista de nuestra sociedad) o al menos no demasiado bien explicada y contiene una coda final sobre la que también se podría estar debatiendo largo y tendido.

En resumen quizás uno de los estrenos más interesantes en lo que llevamos de año y desde luego es una buena noticia que Vinterberg haya vuelto de nuevo a primera línea del cine europeo moderno (bueno ustedes ya me entienden).      


2. LA DOCTORA QUE SURGIÓ DEL FRIO.




Una nueva muestra de ese subgénero que podríamos denominar “drama comunista”  y que suele narrar, desde un punto de vista más social y humano que político, algún episodio ambientado en un país de la Europa del Este antes de la caída del telón de acero.

En el caso de “Bárbara” se cuenta la historia de una doctora degradada a un puesto en un hospital de provincias debido a algún oscuro episodio político del pasado. La recién llegada se muestra reticente a establecer lazos de amistad o simple camaradería con sus nuevos compañeros de trabajo aunque su reserva tendrá un motivo, al margen de la atávica frialdad alemana, que el argumento desarrollará más tarde.

Precisamente  uno de los méritos de la película es lograr sobreponerse a la sequedad del carácter de sus protagonistas y al sombrío ambiente en el que se desarrolla la acción y ofrecer una historia donde los sentimientos se transmiten en puros actos de sacrificio y amor (por la profesión médica y por la humanidad) más que en palabras y gestos fútiles. Aunque desde luego lo más interesante de “Bárbara” reside precisamente en la descripción de la vida cotidiana en una región olvidada de la RDA, una descripción que no carga las tintas en los aspectos más llamativos de dicha cotidianeidad sino que la revela a partir de innumerables pequeños detalles que conforman una visión perturbadora de un régimen burocratizado y paranoico en el que la represión resulta poco visible (aunque de forma muy contundente por más que la encarnación de dicha represión sufra más adelante una transformación peculiar) pero siempre manifiesta.


 

Sunday, April 21, 2013

No me acuerdo de Dean Moriarty




Recientemente en el blog de "El Impenitente"·discutíamos sobre algunos libros que era necesario leer a cierta edad y que podían resultar poco atractivos si se leían antes o después. No recuerdo a qué edad leí “On the road” pero tuvo que ser alrededor de los veinte años, recuerdo eso sí que me gustó bastante, aunque no sentí la misma necesidad de abandonarlo todo y ponerme en camino hacia ninguna parte tal y como le ha sucedido a cientos de lectores desde que el libro fue publicado, quizás porque en la psicología del isleño viene implícita la convicción de que cualquier viaje acaba siempre física y espiritualmente en el mismo punto en el que comenzó.


 Pero lo cierto es que repito que “On the road” ha sido una inspiración para millones de lectores de todo el mundo durante décadas, fue la biblia del movimiento conocido como “Generación Beat”, un adelanto de la revolución de los sesenta y una historia cuya influencia se puede rastrear incluso en las manifestaciones artísticas más recientes.



En su crítica de “El País” del pasado viernes Carlos Boyero se preguntaba cómo nadie, en los más de cincuenta años transcurridos desde su publicación, había llevado un libro tan popular a la pantalla. La respuesta es sencilla: nadie había osado hacer alto tan absurdo y en su lugar se había optado por narrar otras historias que captaban el mismo espíritu del original literario (como “Easy Rider” o la ya mencionada “Into the wild” por aludir únicamente a dos títulos bastante conocidos) o por el contrario acercarse de forma tangencial a la historia de la gestación del libro, aunque a este respecto tan sólo tengo referencias de una película de 1980 llamada “Heart Beat” y basada en un libro de Carolyn Cassady (el personaje que interpreta Kirsten Dunst en la cinta que hoy nos ocupa)





El problema de la adaptación de “On the road” es doble, en primer lugar no se trata simplemente de un libro muy leído sino de un libro por el que mucha gente siente verdadera pasión, no creo que, por poner un ejemplo reciente, la heterodoxa adaptación de “Anna Karenina” levantara comentarios tan negativos como los que ha originado esta película pero no es un problema de esta adaptación en particular, posiblemente con cualquier otra hubiera sucedido lo mismo, hay libros que simplemente no se pueden llevar a imágenes en movimiento sin causar malestar a alguien, en especial si se trata de una historia inadaptable porque en realidad “On the road” no tiene argumento ni va sobre nada en particular, el libro es básicamente la descripción de una serie de viajes a través de Norteamérica (entendido este concepto en su sentido más meridionalmente amplio) en la que se mezclan un batiburrillo de sexo, drogas, alcohol, música bebop, literatura extrema y una filosofía de vida con un marcado tono “naíf” que ya por entonces (aun siendo la post-adolescencia una época decididamente naíf siempre y cuando pertenezcas como mínimo a la clase media) me pareció lo más flojo del libro en contraposición a la pura narración de los diversos viajes del protagonista y sus amigos que sigue siendo insuperable. Un batiburrillo en fin admisible en literatura pero insoportable en cine.




De hecho es paradójico que una película elementalmente dirigida a los lectores del libro (me resulta imposible creer que los no lectores se hayan enterado de algo) resulte tan molesta en su autoconsciente condición de adaptación fiel de un original literario, una pretensión –la de la fidelidad- difícil en cualquier caso y totalmente absurda en este caso, así uno no puede evitar sentir cierta repulsión cuando contempla cómo se introducen con calzador historias como el affaire de Sal Paradise con la chica mexicana o la visita a la casa de Old Bull Lee (el alter ego de William Burroughs) fundamentales en el libro pero absolutamente inapropiadas desde el punto de vista de la narración cinematográfica. Así que, paradójicamente “On the road” deviene en una película que existe únicamente para que los lectores apasionados del original literario la pongan a parir.




Mención aparte merece el apartado de las interpretaciones, aquí entramos en un terreno bastante subjetivo y a nivel personal los actores que interpretan a Sal Paradise (Jack Kerouac) y Dean Moriarty (Neal Cassady) me parecen más cercanos al aspecto que deben tener un par de estudiantes de primer año de universidad algo alocados que a la pareja de rudos beatniks que siempre nos han mostrado las fotos de los auténticos protagonistas del viaje



Sin embargo la elección de casting más comentada ha sido la de Kristen Stewart para el papel de Mary Lou (Luanne Henderson) la esposa-niña de Moriarty y uno de los personajes femeninos más recordados del libro, por lo visto la actriz estuvo bastante interesada en conseguir el papel e incluso dicen que estuvo de alguna manera involucrada en la financiación de la película en lo que parece uno de esos intentos desesperados de estrella de saga ñoña para adolescentes por escapar del mortal encasillamiento.




Lo cierto es que, a pesar de que la delectación del realizador del filme por mostrar escenas de la Stewart liando porros y poniendo caritas lascivas pueda parecer algo redundante, me parece que la interpretación de esta actriz al menos está bastante más cerca de parecerse a la clase de basura blanca cabeza de chorlito que Luanne debía ser en la realidad.      




En resumidas cuentas “On the road” es una película que sirve únicamente para que los lectores del libro puedan satisfacer su curiosidad y su visionado no pasa de ser precisamente una mera experiencia curiosa.     



Sunday, April 14, 2013

Defying gravity







Cuando no se conoce la trayectoria del director de una película (el tal Juan Solanas al que no tengo el gusto) el principal aliciente para ir a verla suele ser su argumento o las expectativas que dicho argumento crea. La sinopsis de esta película dice literalmente:

     “Adam (Jim Sturgess) es aparentemente un tipo corriente dentro de un universo extraordinario. Vive humildemente de lo que gana, pero su espíritu romántico conserva en la memoria el recuerdo del amor imposible por Eden (Kirsten Dunst), una chica que conoció en un mundo distinto, en un lugar que se halla fuera de su alcance. Sin embargo, cuando vuelve a verla en la televisión, no habrá nada en el mundo que le impida encontrar el camino que lo lleve hasta ella. (FILMAFFINITY)”

¿Cómo resistirse a una descripción como esta? Especialmente si uno tiene debilidad por los argumentos que mezclan la comedia romántica (o el drama romántico) con la ciencia ficción.

El comienzo de “Upside Down” (como de costumbre obviaremos el título que le han puesto en español sobre todo si cuando es tan idiota como en este caso) es tan prometedor como la reseñada sinopsis o como el cartel de la película: la voz en off del protagonista de la historia narra de forma breve y sencilla (en medio de unos títulos de crédito geniales) las reglas de un universo en el que hay dos mundos paralelos y opuestos con gravedad inversa de tal manera que si un habitante del mundo inferior trata de ascender al superior  (o viceversa), se ve atraído por la gravedad de su propio mundo lo cual hace imposible el contacto entre estos dos universos a excepción de una interzona en la que se produce un desequilibrado intercambio comercial.



El impacto visual de los dos mundos opuestos (cada uno es perfectamente visible desde el lado inverso) es verdaderamente espectacular y la circunstancia de que uno de los mundos se enriquece a base de explotar los recursos naturales del otro -causando así su pobreza y dejándole como único modo de supervivencia los deshechos que el mundo superior deja caer al inferior- resulta una metáfora atractiva.

No obstante todos estos promisorios argumentos están al servicio de una historia de amor entre dos personas que por supuesto están en mundos separados. Esto en principio no debería ser un problema teniendo en cuenta que era precisamente lo que había ido a ver, e incluso durante una parte de la película las posibilidades de una relación afectiva no sólo prohibida sino físicamente imposible (un poco al estilo “Lady Halcón”) resultan interesantes pero todo se malogra en primer lugar debido a un guión incapaz de resolver las contradicciones que toda historia (especialmente si se trata de una de esta clase) genera acudiendo para ello a soluciones baratas o, como en el caso de la conclusión de la película, directamente vergonzantes. Pero lo peor de todo no es eso, digamos que una historia de amor necesita que existe alguna clase de química (ya sé que es una expresión repugnante pero en ocasiones resulta también inevitable) y lo malo es que el ya mencionado Jim Sturgess (es la primera vez que le veo en una película así que no sé si tuvo un mal rodaje pero da la sensación de que el chico no se tomó en serio este trabajo ya que no hace otra cosa que ladear la cabeza y sonreír estúpidamente como si de un hijo natural de George Clooney se tratara) y Kirsten Dunst (a la que su alarmante aspecto físico habilita para hacer algunos papeles pero no para este en particular) casan juntos tan bien como un bocadillo de garbanzos.







En fin otra buena idea desaprovechada sin embargo repito que algunas de las soluciones estéticas de esta película son tan brillantes que sólo por ello merecería la pena verla, a ser posible en pantalla grande.

      

Saturday, April 06, 2013

Days of being wild

Un misterioso mal aqueja a todo el plantea, se le conoce como “el pánico” y causa el efecto de impedir al que lo padece salir al exterior condenando así a la humanidad a permanecer en espacios cerrados.

Las películas de orientación apocalítico-catastrofista suelen tener básicamente dos orientaciones: una es la destinada al gran público y consiste en una concatenación de imágenes espectaculares y profusión de efectos especiales con la única finalidad de ofrecer escenas de muerte y destrucción para solaz  del espectador. En este tipo de películas las causas de la hecatombe suelen ser despachadas sin demasiada complejidad y las descripciones del carácter de los personajes y  las interrelaciones que entre ellos se establecen suelen ser las imprescindibles para que su destino no nos importe un carajo. La otra vertiente suele ser la de tipo metafórico en el que el cataclismo sirve como pretexto para desgranar cuestiones de carácter filosófico o humanista.

“Los últimos días” no es ni una cosa ni la otra. Nunca podría ser lo primero porque la industria cinematográfica nacional carece de los recursos necesarios para servir un espectáculo a la altura de títulos de sobra conocidos, es cierto que en la película hay una notable inversión tanto en extras y decorados como en efectos especiales además de ofrecer algunas imágenes verdaderamente impactantes de una urbe de todos conocida, pero repito que no será nada que impresione a alguien acostumbrado a presenciar las superproducciones antes mencionadas. Tampoco es “Los últimos días” un filme que explore con seriedad las facetas más profundas del ser humano cuando su naturaleza es despojada de las máscaras con las que la cubren las comodidades de la vida moderna, a este respecto el comportamiento de dichos seres humanos sometidos a la forzada reclusión en espacios interiores resulta razonablemente realista pero ausente de cualquier pretensión alegórica con una excepción que no podemos desvelar sino en la zona de spoilers (que declaro inaugurada de ahora en adelante ubicándola en la sección de comentarios) y que, quizás por esa misma razón, sea la parte más endeble de la historia.

“Los últimos días” es una película correcta cuyo visionado no causa ninguna molestia pero que tampoco dejará huella en la corta (pero a menudo interesante) historia del cine de género nacional. La acción transcurre de forma fluida, la interacción de los personajes resulta eficaz (con el buen hacer de José Coronado haciendo de contrapeso a la escasa entidad como personaje y como actor de Quim Gutiérrez) y las escenas de acción y efectos especiales no transmiten la sensación de pobreza de otras producciones nacionales de semejante catadura.

Existe es cierto una larga lista de influencias y referencias tanto en el aspecto temático como el formal pero dedicarse a desentrañar esa lista y acompañarla de acusaciones de plagio resulta no sólo pedante sino además absurdo en un mundo donde dicha acusación hace tiempo que perdió sentido (si es que alguna vez lo tuvo).

“Los últimos días” es una producción repito correcta que aborda con solvencia un género poco trabajado en nuestra cinematografía y que se puede ver sin desagrado alguno. Esperemos que funcione bien en taquilla.    




Sunday, March 31, 2013

Una Semana Santa entre "Amicus"









Como les adelanté en la sección de comentarios de la anterior entrada, el número correspondiente al mes de Marzo de la revista “Dirigido” dedicaba uno de sus dosieres (prácticamente el único motivo para seguir leyendo esta publicación) a la “Amicus”, una productora inglesa que tuvo su momento de esplendor entre mitad de los sesenta y principios de los setenta, en su día se la consideró como rival directa de la también británica “Hammer” y fue célebre sobre todo por sus películas de terror estructuradas en historias cortas.

Dada la proximidad de la Semana Santa juzgue apropiado pasar estas aburridas mini vacaciones dándome un atracón a base de las películas mencionadas en dicha revista en su antología para luego contarle lo visto a ustedes. De las doce películas recomendadas he conseguido hacerme con diez aunque he elegido escribir sólo acerca de las siete películas que contienen la estructura por la que esta productora ha pasado a la historia del género. Como es costumbre se ha omitido específicamente cualquier spoiler así que si estas palabras consiguen despertar su curiosidad sobre este tipo de cine habrá valido la pena el esfuerzo.



“Doctor Terror House of Horrors” (En España simplemente “Doctor Terror”) es una película bastante característica del estilo narrativo de una parte de las producciones de “Amicus”, esto es una serie de historias inconexas de personajes reunidos de forma casual en torno a una figura que ejerce como demiurgo. En el caso “Doctor Terror…” esa labor descansa en las ilustres y huesudas manos de Peter Cushing que interpreta a un adivinador que se propone entretener a sus compañeros de viaje (entre ellos Donald Sutherland y Christopher Lee) prediciéndoles el futuro mediante las cartas del tarot.

Las cinco predicciones dan paso a su vez a cinco historias donde se tratan temas como la licantropía, el vampirismo, la magia negra amen de otros algo más extravagantes. Como suele ocurrir algunos segmentos rozan el ridículo, otros mantienen el tipo y otros son verdaderamente brillantes, mi preferido es ese clásico cuento de horror protagonizado por Lee en duelo artístico –dicho sea en sentido tanto literal como figurado- con Michael Gough. Sin embargo lo mejor de la película reside en el encanto de casi cualquier cosa filmada en el Reino Unido en el año 1965 (música incluida, hay un episodio ambientado al ritmo del calipso) y casi más en la introducción y en la interacción de los diversos personajes, en las pausas que se producen entre cada predicción, que en las predicciones en sí, sin olvidar ese impresionante final que, al estilo de tantas historias que se filmarían después, da sentido a todo lo presenciado hasta ese momento.  


“The vault of horror” (“La bóveda de los horrores”) tiene una estructura semejante a “Doctor Terror…”: un grupo de hombres se encuentra de forma casual (en este caso la excusa argumental resulta algo menos verosímil, de hecho es totalmente absurda, algo que comprobaran si tiene ocasión de ver la película) y para entretenerse deciden narrar una serie de obsesiones, sueños y visiones que han tenido en el pasado. También están presentes los temas habituales del género como el vudú, el vampirismo, la magia y algunos otros que recuerdan a  relatos de Edgar Allan Poe.

La diferencia es que han pasado ocho años desde 1965 y en aquella época ocho años eran muchos años, al menos en el aspecto formal, de esta manera la agradable estética de mediados de los sesenta se ha transformado en la pesadilla kirscht británica de principios de los setenta (lo que yo llamo el look “naranja mecánica”). Además también el lenguaje del género ha cambiado durante este lapso, la insinuación y la violencia fuera de campo dan paso a la alegre y colorista efusión de sangre y a la depravación más desprejuiciada. Por añadidura cada uno de los episodios de “The vault of horror” está basado en historias del cómic homónimo, historias qué, como es propio del estilo de los cómics de horror, resultan breves, directas, brutales y carentes de cualquier pretensión de lógica o coherencia.

Posiblemente el mayor error de la película consista en colocar sus dos historias más potentes al principio y dejar las menos interesantes para el final con lo cual es inevitable que a la conclusión quede un mal sabor de boca. En concreto el primer segmento, titulado “Midnight Mess”, es de esos que da la sensación no sólo de que debería durar más, sino de que podría dar para una película entera e incluso para una serie de televisión al introducir una novedosa (dicho sea esto con todas las reservas del mundo) visión del mundo del vampirismo que prefigura algunas de las ficciones del subgénero tan en boga en nuestros días, este cuento concluye además con una escena sobrecogedora que sin duda debería haber pasado a los anales del cine de colmillos como uno de sus iconos más perdurables.



La segunda historia, que lleva el nombre de “The neat job”, es un claro ejemplo tanto del cine “explotaition” tan de moda en aquella época como del estilo macabro y “grandguiñolesco” del cómic de terror en el que está inspirado, en concreto el plano con el que termina esta historia podría ser considero incluso hoy como de excesivo mal gusto. El resto de las historias, como se ha adelantado, no están a la altura y en concreto una (la protagonizada por Curd Jürgens, uno de los escasos rostros conocidos de este filme) es directamente ridícula.  




En “The house that dripped blood” (“La mansión de los crímenes”) la excusa argumental para dividir la trama en varias historias es situar la acción en un caserón inglés en el que sus sucesivos habitantes (cuyas desventuras son narradas por el jefe de la policía local y un agente inmobiliario a un inspector de policía que investiga la misteriosa desaparición del último inquilino de la casa) van cayendo en desgracia de forma igualmente sucesiva.

En este caso lo de excusa argumental resulta bastante apropiado dado que la mansión en sí tiene bastante poco que ver con lo que le acontecerá a sus moradores (de hecho la mayor parte de dichos acontecimientos tienen lugar precisamente fuera del inmueble) que por así decirlo ya estaban bastante jodidos antes de vivir allí. Con respecto a la película comentada anteriormente decir que hemos retrocedido tres años en el tiempo con lo que el impacto visual resulta algo más soportable. Si se tiene pensado ver este filme se recomienda no echar un vistazo al cartel oficial so pena de spoiler de grueso calibre.

1. “Method for murder”. Un escritor de novelas de misterio (interpretado por Denholm Elliot, uno de esos familiares rostros que hemos visto en infinidad de películas y series de televisión británicas pero cuyo nombre jamás podemos recordar) se instala junto con su esposa en la sórdida casa de marras buscando inspiración para su próxima novela, a partir de ahí  realidad y la ficción empiecen a mezclarse arrojando un resultado que recuerda mucho a cierta película filmada doce años más tarde y cuyo nombre no vamos a desvelar. Lo peor, el espanto en cuestión que tiene un horrible parecido con el monstruo de Sancheztein. 


2. “Waxworks”, para mí el mejor segmento, claro que se trata de una debilidad personal, yo con ver a Peter Cushing paseando por un pueblo británico del año 1970 elegante pero informal con pañuelo de seda anudado al cuello tengo más que suficiente. Además se trata de una historia de un tono extrañamente sutil, teniendo en cuenta el grueso sentido del espectáculo de las películas de esta productora, de dicho tono salvamos la escena final que resulta especialmente mórbida algo que, al fin y al cabo, es lo que esperan todos los que se acercan a ver estos filmes




3. “Sweets to the sweet”, otra buena historia con otro peso pesado del género como protagonista, hablamos por supuesto de Christopher Lee que aquí interpreta al adusto padre de una criatura inquietante que progresivamente va desarrollando cierta habilidad para las artes oscuras.






4. “The cloak”, posiblemente la peor de todas, una historia de vampirismo con el mismo atractivo que la española  “Un vampiro para dos” (una película con el mismísimo Fernando Fernán Gómez haciendo de conde colmillos). Salvaría de este episodio únicamente el carisma de su interprete principal (el para mí desconocido Jon Pertwee) y una simpática broma de los guionistas a costa del propio carácter de la “Amicus” y de su histórico rival por el dominio del género de terror británico.               





“Torture garden” (1967) comienza en el prometedor escenario de un parque de atracciones donde varios paseantes son seducidos por el espectáculo del “Jardín de las torturas del Doctor Diábolo”.




En esta ocasión el maestro de ceremonias, o sea el Doctor Diábolo en cuestión, es un Burgess Meredith un tanto histriónico que parece todavía poseído por su papel de Pingüino en la serie de televisión de “Batman”. El feriante introduce a los personajes en una atracción en la que la figura de una tejedora les irá prediciendo su futuro siempre vinculado a la parte más malvada de sus diferentes personalidades. El guión de esta película (al igual que el de otras ya comentadas y otras que todavía están por comentar) viene firmado por Robert Bloch.

1. “Enoch” Un vividor de clase alta visita a su moribundo tío con objeto de obtener dinero suficiente para alguna de sus triquiñuelas, pronto descubrirá que el tesoro que se oculta en la casa viene acompañado de un terrible secreto.




2. “Terror over Hollywood” una poco escrupulosa aspirante a actriz se convierte en la amante de un atildado galán del cine que la introduce en el cerrado círculo de los “top ten de Hollywood”, un grupo de estrellas para las que no parece pasar el tiempo aunque hay un espeluznante razón para ello. Un episodio apreciable sobre todo por el lujurioso ambiente “sixties” en el que se desarrolla y que le da un aspecto semejante al de una película de James Bond. 



3. “Mr Steinway”, otra ambiciosa jovencita británica (para colmo prima de la protagonista del episodio anterior) seduce a un afamado y edípico músico, aunque para lograrlo tendrá que luchar contra un rival tan inverosímil que hace que el “Christine” de Stephen King parezca un argumento realista.         



4. “The man who collected Poe”, duelo interpretativo entre Peter Cushing y el habitualmente sobrio Jack Palance que sin embargo aquí actúa como si estuviera bajo los efectos de un serio caso de síndrome de abstinencia causado por el opio. Los dos hombres se consideran los más fieles y enfervorizados admiradores de Edgar Allan Poe, la obsesión de ambos por el bostoniano bigotudo cristalizará en una resolución que al menos a mí ha hecho que se me caigan los huevos al suelo.      









Empiezan a escucharse las primeras notas de “Una noche en el monte pelado” de Mussgorsky  mientras un vehículo se acerca a la amenazadora mole de un sanatorio mental. Es el impactante comienzo de “Asylum” (“Refugio Macabro”), una película de la “Amicus” por la que siento un cariño especial por ser la primera de esta productora que vi (en un pase televisivo hace por lo menos veinticinco años) y porque hasta el momento sigue siendo la mejor de todas las que he visto posteriormente.



En el vehículo antes mencionado viaja el Doctor Martin (interpretado por Robert Powell conocido sobre todo por haber interpretado al Jesús de Franco Zefirelli, mira tú que casualidad), un psiquiatra recién licenciado dispuesto a comenzar su actividad profesional en el asilo en el que se desarrollará el drama. En lugar de ser recibido por el director de la institución, el Doctor Starr, el hombre encargado de darle la bienvenida es el Doctor Rutheford (Patrick Magee en silla de ruedas ¿no les recuerda a algo?) que le comunica que Starr ha perdido la razón y es ahora un paciente más del manicomio. De hecho Rutheford (tras una breve conversación en la que se pone de manifiesto las radicales diferencias entre el joven e idealista licenciado y el veterano y desencantado profesional) le propone a Martin una prueba para darle el trabajo: tendrá que entrevistar a un grupo de internos uno por uno y descubrir quién es el enloquecido ex – director.

1. “Frozen Fear”. El primer paciente entrevistado es Bonnie, una mujer que le narra al Doctor Martin una macabra historia de magia negra y venganzas de ultratumba escenificada de un modo particularmente macabro que no recuerdo haber visto antes ni después (al menos no con esa “integridad” y este comentario es algo que sólo comprenderán cuando vean la historia). Un segmento brillante aunque la estremecedora decoración de la casa donde sucede todo (volvemos a estar en el año 1973), contribuye a desviar un tanto la atención.





2. “The Weird Taylor”. El segundo alienado es Bruno (interpretado por Barry Morse al que algunos recordamos de “Espacio 1999”), que cuenta la historia de su antigua profesión de sastre  y cómo creyó haber salvado su apurada situación económica cuando un misterioso caballero (el recurrente Peter Cushing) le encargó un traje que debía ser confeccionado con una tela muy especial (de hecho parece a la que lleva Nick Kershaw en el vídeo de “Wouldn´t it be good”) y siguiendo unas instrucciones muy estrictas. Naturalmente el traje acabará luciéndolo el espécimen menos indicado para ello. Destaca la tenebrista y casi dickensiana ambientación.








3. “Lucy Come to Stay”. La tercera lunática es Bárbara, un caso grave de trastorno múltiple de personalidad. Ya en aquella exhibición televisiva antes mencionada este episodio fue considerado (entra la audiencia escolar que vio la película) como el más flojo y la verdad es que visto ahora lo sigue siendo reduciéndose su interés a ver a Charlotte Rampling y Britt Ekland meneando sus setenteras melenas al viento.



4. “Manikkins of Horror”. El cuarto y último chiflado es Bryron, protagonista del mejor y posiblemente más recordado segmento de la película. En este caso no hay flashback y la acción transcurre en tiempo real describiendo como el científico loco ejecuta su venganza contra la institución que le mantiene encerrado de manera tan escalofriante como simpática (yo tampoco lo entendería si no hubiese visto la película).







De “Asylum” opino casi lo mismo que de la fundacional (de la productora en cuestión de y de esta serie de comentarios) “Doctor Terror…”: resulta casi más atractiva por su introducción y su resolución que por los episodios en sí (que como se ha visto suelen ser bastante desiguales). Es insuperable ese comienzo con la ya comentada llegada de Martin al sanatorio y la lúgubre promesa de los horrores que le esperan en la galería donde se custodia a los pacientes, a la que hay que acceder por una escalera decorada con una serie de pinturas del estilo de los cuentos morales de William Hogarth en la que se describe la caída en la locura de un hombre. Lo mismo cabría decir del espeluznante e inolvidable final de una película que sería la que recomendaría ver en el caso de que sólo se pudiera elegir una de todas las que hemos comentado hasta el momento.



El eje de “From beyond the grave” es una tienda de antigüedades llena de los cachivaches más extravagantes y regentada, como no podía ser menos, por Peter Cushing. Los protagonistas de las diversas historias son clientes que entran de manera casual en la tienda y tratan de engañar al viejo trapero de diversas formas. Todos ellos naturalmente recibirán el correspondiente castigo.

1. “The gate crasher”. Un joven snob (interpretado por David Warner, un rostro muy popular en los setenta) adquiere, con malas artes, un espejo de cuatrocientos años de antigüedad que trae incorporado un espíritu maligno que se activa tras una sesión de espiritismo. El espanto empieza a exigir continuamente sacrificios de sangre (especialmente de señoritas londinenses como es habitual) a los que el petimetre no se puede negar. Una historia que empieza no demasiado bien pero que culmina en un brillante final.


2. “An act of kindness”. No sólo una gran historia, sino posiblemente la más interesante y sugerente no ya de esta película sino de todas las que hasta el momento he visto. Además es la única que yo recuerde en la que se aborda de forma más o menos explícita la invisible pero férrea división de clases de la sociedad británica.

Mister Lowe, un gris oficinista casado con la versión inglesa del travesti “Divine”, roba de la tienda de antigüedades una medalla militar con objeto fingir un ficticio pasado como ex combatiente y ganarse así la admiración de Jim, un auténtico veterano (Donald Pleasence seis años antes de convertirse él mismo en un icono del moderno cine de terror) que sobrevive vendiendo cerillas en la calle. A partir de ese momento el alienado burócrata de clase media y el servil veterano de clase trabajadora entran en una extraña relación a la que se une Emily, la hija de Jim (y que está interpretada además por la auténtica hija de Pleasance que además contaba con unas características físicas que bien podían haberle granjeado una larga y provechosa carrera en el género del que estamos hablando). El resultado es un segmento cargado de verdadero suspense (algo poco habitual en esta clase de películas en las que resulta relativamente sencillo saber qué va a pasar a continuación) y con un tono semejante a los “giallo” italianos que también hacían furor por aquellos años. Lastima que una coda cargada del ineludible sentido moral de estos cuentos estropee un poco un grandioso final.  




3. “The elemental”. Quizás el episodio más flojo de todos aunque es un segmento que cuenta con un carácter especial por el insólito tono de comedia con el que se aborda (otras historias hacen reír aunque de forma involuntaria). Un en apariencia perfecto gentleman inglés de bombín y paraguas se apropia de una cajita de rapé cambiando la etiqueta del precio con la de otra de calidad inferior. El resultado es que el individuo se lleva también consigo (y colgado del hombro por añadidura) un poltergeist que les hará la vida imposible a él y a su mujer. Para deshacerse del espanto tendrán que recurrir a los servicios de una médium que resulta un ejemplo de manual del espécimen humano denominado “inglesa excéntrica”.



4. “The Door”. Un joven recién casado (al que da vida Ian O´gilvy, actor cuya única contribución a la cultura de masas del siglo XX fue protagonizar una justamente olvidada versión televisiva de las aventuras de “El Santo”) adquiere una barroca puerta cuya inocente función es la de cerrar un aparador de papelería pero que en realidad es una ventana a los dominios de un brujo de los tiempos de Enrique VIII. A pesar de su espléndida ambientación (que recuerda a las coloristas adaptaciones de Poe que hizo en su día Roger Corman) es un episodio que sólo debería ser recordado por que en él aparece una Lesley Anne-Down de 20 años.              








“Tales from the crypt” (que en España recibió el asombroso título de “Condenados de ultratumba”) es anterior en el tiempo a “The vault of horror” (de hecho el éxito de la primera provocó la realización de la segunda) pero la idea es la misma: poner en imágenes en movimiento una serie de cómics de la revista homónima articulándolos en torno a un nexo común, en esta ocasión se trata de grupo de visitantes de unas catacumbas inglesas del Siglo XVI que se pierden y van a parar a una cripta en la que un monje (interpretado por el prestigioso actor Ralph Richardson) les hará la ya clásica predicción de su futuro.     


“Tales from the crypt” (que en España recibió el asombroso título de “Condenados de ultratumba”) es anterior en el tiempo a “The vault of horror” (de hecho el éxito de la primera provocó la realización de la segunda) pero la idea es la misma: poner en imágenes en movimiento una serie de cómics de la revista homónima articulándolos en torno a un nexo común, en esta ocasión se trata de grupo de visitantes de unas catacumbas inglesas del Siglo XVI que se pierden y van a parar a una cripta en la que un monje (interpretado por el prestigioso actor Ralph Richardson) les hará la ya clásica predicción de su futuro.       

1. “And all through the house” una mujer (nada menos que Joan Collins) es sorprendida en pleno uxoricidio por un maniaco escapado del manicomio y disfrazado de Santa Claus. La asesina tendrá que luchar para que el loco no invada la casa al mismo tiempo que trata de esconder el cuerpo de su marido y por si esto fuera poco tendrá también que procurar que su hija no se entere ni de lo uno ni de lo otro. ¡Esto sí que era una súper mujer! Todo ello además amenizado por una banda sonora incesante de clásicos navideños emitidos por radio, en resumen un episodio delicioso.







2. “Reflection of death”, volvemos al puro cuento de horror de cómic: breve, macabro y sin más reflexión que el escalofrío inmediato. Un hombre abandona a su familia por otra mujer, en la huída del hogar conyugal se produce un accidente que hará que el adultero caiga en una pesadilla circular filmada de modo especialmente aterrador.


3. “Poetic Justice”, un ambicioso vecino quiere apoderarse de la casa viejo Mister Grimsdyke y para ello comienza un implacable acoso desde todos los frentes que provocará que la sencilla vida del anciano se derrumbe, aunque la venganza, por supuesto, está servida. Un episodio con un contenido más social que terrorífico (si salvamos el final) y que se recuerda especialmente por la conmovedora interpretación de Peter Cushing.


4. “Wish you were here”, adaptación del clásico cuento de horror “La pata de mono” (que han llevado a imágenes desde Chicho Ibáñez Serrador hasta los responsables de “Los Simpson”). Un hombre de negocios en plena debacle descubre que una de las muchas chucherías que adquirió cuando tenía dinero es un jarrón chino que tiene el poder de concederle tres deseos. El hombre se muestra un tanto reticente pero su entrometida esposa se le adelanta y consigue embrollar las cosas de tal manera que el individuo acaba teniendo sin duda uno de los finales más crueles que se hayan visto nunca, otro enfoque clásico del sadismo comiquero.



5. “Blind alleys”, un envarado ex militar se hace cargo de una residencia para ciegos. Pronto sus restricciones en comida y calefacción, con la excusa del recorte en el presupuesto (¡qué poco han cambiado las cosas!), tendrán fatales consecuencias que se traducirán en una venganza especialmente imaginativa por parte de los invidentes comandados por Patrick Magee, de hecho gran parte del mérito de este episodio reside en elucubrar qué estarán tramando esos cieguitos hijueputas.           




Y eso ha sido todo amigos.