Thursday, February 16, 2012

Actually id never loved you.

Supongo que es lo mejo que se puede hacer teniendo en cuenta que no era una cantante que me gustara y que ni siquiera llegué a ver "El guardaespaldas" (ni en el cine ni en los multiples pases televisivos). Pero ayer me encontré con este homenaje en una de las series de televisión que sigo y me pareció adecuado ponerlo.

Sunday, February 12, 2012

The horse soldiers



¿Cuándo dejó el estreno de una película dirigida por Steven Spielberg de convertirse en un acontecimiento?

A nivel personal yo marcaría esa frontera en algún punto entre el estreno de “Salvar al soldado Ryan” y “A.I. Inteligencia Artificial”. Después de eso siguió haciendo películas naturalmente, algunas de esas incluso podrían ser consideradas buenas. Pero títulos como “Minority Report”, “Munich” o “La guerra de los mundos” estuvieron muy lejos de causar el impacto de glorias del pasado como las anteriormente mencionadas u otras como “Parque Jurásico” o “La lista de Schindler” por no hablar de otras grandes títulos aun más antiguos (dejo deliberadamente al margen “Las aventuras de Tintín” porque no creo que ninguno de los espectadores que acudieron masivamente a verla lo hicieran atraídos por el nombre de su director).




Puede que sea sólo un sentimiento personal pero tengo la sensación de que el hombre que cambió la historia del cine en 1975 con “Tiburón” (su primera gran película y posiblemente, también opinión personal, la mejor de todas cuantas ha hecho) hace tiempo que le perdió el pulso al cine que se hace en el siglo XXI.

“War horse” me parece una muestra clara de ello. Y no estoy diciendo que sea una mala película, es sólo que me parece una muestra de cine vulgar aunque en absoluto desagradable. Es más uno contempla este tipo de filmes con una calida sensación de bienestar al saber de antemano que se tratará de una historia bien contada mediante el empleo de todos los trucos del oficio que el realizador ha atesorado a lo largo de cuarenta años de carrera. El hecho de que esas habilidades produzcan un resultado rutinario y que la abundancia de momentos supuestamente emotivos (y como de costumbre subrayados por la también rutinaria ambientación sonora cortesía de John Williams) carezcan de cualquier vigor dramático ya es harina de otro costal.

De todos y cada uno de los 146 minutos que dura el filme destacaría para el recuerdo únicamente una escena, esa que muestra la primera acción de guerra en la que el caballo Joey se ve implicado, una escena tan extraordinariamente filmada y tan fuertemente cargada de acertado simbolismo que recuerda a los mejores momentos de “La guerra de los mundos” cuya primera hora de metraje vale por las dos horas y veinte de “War horse”. El resto es una versión de lujo y actualizada de “El coraje de Lassie”, o al menos tiene exactamente las mismas intenciones.


Thursday, February 09, 2012

Take me out to the ball game

Así sin prepararlo ni nada resulta que el comentario sobre “J. Edgar” está de algún modo relacionado con el que se podría hacer sobre “Moneyball”. En la película de Clint Eastwood hablábamos de si el conocimiento previo sobre la figura histórica del que fuera director durante más de cuarenta años del F.B.I. podía o no ser un factor determinante a la hora de apreciar la película. Yo particularmente opinaba que no podía ponerme en el lugar de alguien que no tuviera ese conocimiento previo. Con “Moneyball” me pasa al revés.



Posiblemente no hubiera ido a ver esta película si no se hubiese hecho con nominaciones tan importantes a los Globos de Oro (posteriormente refrendadas en las de los Oscars), de no ser por eso esta producción aparecería con toda la pinta de ser el típico estreno de temporada protagonizado por una estrella y centrado en un argumento familiar para el gran público (americano). Pero repito que esas nominaciones permitían suponer que quizás estábamos ante algo de más enjundia. Tras verla confieso que todavía no he sido capaz de decidirme sobre si tal cosa es cierta.

Como es bien sabido los americanos hacen películas básicamente sobre sus propios asuntos, esto es algo lógico, si el resto del mundo comprende o no las particularidades propias de la sociedad estadounidense es algo que no parece interesarles aunque lo cierto es que la mayor parte de las veces los argumentos de dichas películas pueden ser asimilables por un espectador foráneo que incluso carezca de un conocimiento previo que el espectador yanqui sí posee. En el caso del deporte es también sabido que el interés del público de ese país se centra básicamente en el football, el baloncesto y el baseball. Con el segundo de estos deportes no hay problema, es también una disciplina bien conocida en el resto del mundo, con el football puede haber algo más de complicaciones, por más que (al menos a mí me lo parece) sea una práctica tremendamente aburrida, existe la noción básica de que el objetivo de cada equipo es llegar a la línea de meta del equipo contrario. Con el baseball en cambio parece imposible que nadie que no viva en un país donde este deporte sea una afición mayoritaria (cosa que aparte de en USA sucede en sitios como Japón, Cuba, Venezuela y alguno que otro más) puede entender algo sobre de qué demonios va este deporte.




Sin embargo repito que esto tampoco tendría que ser un inconveniente, el mayor o menor desconocimiento sobre estos tres deportes no ha sido antes ningún hándicap para poder asimilar películas como “Hoosiers” y “Blue Chips” (si hablamos de baloncesto) o “Any given Sunday”, “Friday night lights” y “The program” (si hablamos de football). Incluso el misterioso baseball ha sido llevado al cine sin problemas en títulos como “El orgullo de los yanquis”, “For love of the game” y “Campo de sueños”. Quizás el secreto resida en que eran filmes que se servían del juego como un medio para tratar asuntos de mayor calado social, digamos que no era una experiencia endogámica.




Con “Moneyball” en cambio sí que existe esa sensación de endogamia. En palabras simples durante la mayor parte del metraje no tenía la más mínima de qué me estaban contando y me encontraba perdido en una tremolina de vocabulario esotérico, estadísticas incomprensibles, anécdotas desconocidas y en resumen toda una compleja mitología destinada única y exclusivamente para iniciados. Repito que en los títulos anteriormente mencionados el deporte era el medio, en “Moneyball” el deporte lo es todo.

No obstante haciendo un titánico esfuerzo se puede intentar esbozar algo del argumento de la película que narra la historia de Billy Beane (personaje real al que da vida Brad Pitt), el manager de los Oakland Athletics, un equipo modesto al que Beane ve perder año tras año contra los grandes nombres de la liga por una simple cuestión de diferencia presupuestaria (bueno, esto sí que nos suena de algo por aquí). El manager decide intentar forzar un cambio en esta implacable dinámica y, con la ayuda de un asesor con ideas innovadoras (interpretado por el joven actor Jonah Hill conocido sobre todo por su papel en “Superbad”), decide programar los fichajes de la próxima temporada basándose únicamente en objetivos criterios estadísticos, introduciendo así un cambio radical en los tradicionales métodos de selección de jugadores que se basaban en todo tipo de variables, algunas tan bizarras como la de que un candidato no podía ser contratado porque tenía una novia fea y eso transmitía falta de seguridad en si mismo.

Un argumento en el fondo tan clásico (un orden establecido que se subvierte por medio de una revolución liderada por la iniciativa de un grupo reducido de individualistas) se puede aplicar a muchos aspectos de la sociedad y contarse de muchas maneras diferentes. La manera en la que se cuenta aquí es, como hemos comentado, terriblemente críptica y además sorprendentemente desapasionada, eludiendo deliberadamente cualquier momento de clímax dramático que en otras circunstancias abundarían en películas de argumento semejante. De hecho las únicas escenas con alguna carga emocional parecen colocadas de un modo forzado como si los autores del filme quisieran humanizar al personaje de Beane que de otro modo se asemejaría a un autómata.



En definitiva y en mi opinión “Moneyball” pertenece a una categoría de hacer cine (que en todo momento me recordó a la también incomprensiblemente prestigiosa “Zodiac” por más que me siento incapaz de explicar de forma razonada dicho parecido) que se esfuerza por contar una historia despojándola de cualquiera de las características que convierte al cine en un espectáculo capaz de contar una historia que cause algún tipo de implicación en el espectador.

Saturday, February 04, 2012

Los hombres G



Recuerdo que el crítico de cine (en aquellos tiempos era su única profesión) Carlos Pumares justificó en su día el escaso interés que en las pantallas de nuestro país despertó el estreno de la película “Hoffa” por el hecho de que en España muy poca gente sabía de la existencia de dicho personaje y de la influencia que su vida (y en especial el modo en que dicha vida pudo terminar, cuestión apasionante que ha dejado una notable huella en la imaginería popular y que se puede rastrear tanto en una de las múltiples subtramas de “Hombre Rico Hombre Pobre” como en un capítulo de “Los Simpsons”) tuvo en la sociedad norteamericana de los años sesenta y setenta.

Claro que el biopic sobre el sindicalista fue estrenado en 1992 cuando Internet estaba aun en pañales. Digamos que veinte años más tarde se estrena una película llamada “J. Edgar” basada en la autentica historia de J. Edgar Hoover, el hombre que dirigió los destinos del F.B.I. durante más de cuarenta años, digamos también que alguien va a ver esta película por el simple motivo de que tanto su actor principal como el realizador son figuras muy populares y casi siempre atractivas para el gran público. Pero si además quisiera saber algo más sobre el personaje sobre el que trata la película no tendría demasiadas dificultades en obtener dicha información.




El Diccionario del Crimen se ocupa en varios de sus capítulos sobre la figura histórica de Hoover y define su vida literalmente como “un ejemplo resplandeciente de cómo un individuo casi inconcebiblemente terco y limitado puede alcanzar gran poder.” Y desde luego el filme de Clint Eastwood no hace mucho por contradecir esta descripción aunque con un tono quizás no tan despectivo.

Posiblemente “J. Edgar” sea comparada con otros filmes biográficos, y es posible también que una de esas comparaciones se establezca sobre todo con “El aviador”, una película igualmente protagonizada por Leonardo Di Caprio y que asimismo analiza la trayectoria vital de un personaje tan ambiguo y misterioso (Howard Hughes) como el propio Hoover. Sin embargo mis sensaciones durante el visionado de la penúltima obra de Eastwood iban más en el sentido de compararla con “Nixon” (Oliver Stone, 1995) en el sentido de que ambas cintas analizan la vida de individuos que en su día fueron el epítome del aspecto más tiránico y abusivo del poder en países democráticos, y además lo hacen lejos de cualquier intención meramente denostadora (un enfoque más esperable en Stone que en Eastwood naturalmente) enfocando la historia más en el ser humano que en sus, la mayor parte de las veces, execrables actos, un enfoque que incluso no excluye una mirada piadosa (que no comprensiva).

Concretamente en “J. Edgar” se nos muestra a un personaje que intenta ser un paradigma de los valores fundamentales de la sociedad estadounidense, y no desde una perspectiva cínica o hipócrita, la sensación es que dicho personaje estaba plenamente convencido de ser un baluarte en la defensa de dichos valores frente a los muchos enemigos que los amenazaban (entre los cuales destacaba el comunismo, verdadera obsesión de Hoover hasta el mismo día de su muerte, por más que en la categoría de “comunista” podía entrar casi cualquier persona que no secundara su ideología). Pero para constituir ese baluarte Hoover no duda en aplicar hasta sus ultimas consecuencias la filosofía de “el fin justifica los medios”, aprovechado en beneficio de su Departamento cualquier suceso que despertara alarma social (como los atentados anarquistas de los años veinte o el trágico final del secuestro del hijo de Charles Lindberg) para así promover leyes que limitaban derechos fundamentales, manipulando hechos históricos para mayor gloria del FBI (y por lo tanto también para mayor gloria suya) o recopilando un extenso archivo de expedientes confidenciales que le permitieron chantajear (según se muestra de forma explícita en la película) al menos a dos Presidentes y a un premio Nóbel, consolidando así su status de intocable.




La película de Eastwood apunta la teoría de que la paranoia, el egocentrismo y la insana obsesión por el control que padecía Hoover era una consecuencia de la propia psique acomplejada y resentida del personaje marcada por un padre incompetente y una madre dominante y castradora. El contrasentido consiste, repetimos, en cómo alguien con una conducta tan notoriamente desequilibrada pudo convertirse en una de las personas más poderosas de los Estados Unidos.

De hecho es precisamente en el análisis de la personalidad de Hoover donde la película consigue sus momentos más valiosos, en especial cuando dicha personalidad se pone en relación con otros actores secundarios del drama como la secretaria personal de Hoover ( y guardiana de los secretos más pavorosos del maniaco), Helen Gandi (Naomi Watts) y sobre todo Clyde Tolson (Armie Hammer) factótum, confidente, amigo íntimo y, posiblemente también, amante de Hoover, circunstancia esta última que, paradójicamente, fue empleada por la Mafia para chantajear al director del F.B.I. y evitar así que la Oficina investigara sus negocios.

Así pues pareciera que Eastwood y sus guionistas (al igual que hicieron anteriormente Stone y los suyos) están más interesados en el Hoover persona que en el Hoover figura pública, o al menos la película, como se ha dicho, resulta más cuidada en el aspecto personal que en el político, faceta esta última del argumento que al final resulta bastante difusa y deslavazada (al contrario que en “Nixon”), un defecto en el que resulta bastante fácil caer cuando se trata de abarcar un período de la historia americana de cincuenta y tres años de duración.

Buena parte del mérito (parcial como se ha dicho) de “J. Edgar” se debe a la labor del trío protagonista ya mencionado, una circunstancia en la que no desentona el trabajo que lleva a cabo el departamento de especialistas dedicados a materializar el inevitable proceso de “envejecimiento” de los personajes de la película, aunque hay que hacer la salvedad de que dicho proceso se efectúa de forma bastante convincente con Di Caprio y Watts pero mucho menos con Hammer cuya caracterización es tan estruendosamente mala que resulta un baldón que casi da al traste con toda la película.




Después de todo esto ¿qué podemos decir de “J. Edgar”? Pues que se trata de un eficaz drama psicológico y un mediocre filme histórico, por más que sea esta circunstancia la que al final podría salvar una película que, al menos en nuestro país, será vista por gente que no tiene ni idea de quienes eran la mayor parte de los personajes reales que aparecen en ella.


Friday, January 20, 2012

The circus is over



Según la página web “Distancias entre ciudades”, Madrid y Cartagena están separadas por 462 kilómetros lo que equivale a un viaje en coche de cuatro horas y cuarenta y cuatro minutos. En la última película de Alex De la Iglesia, “La chispa de la vida”, el personaje de Roberto Gómez (interpretado por José Mota), deprimido por una frustrante entrevista de trabajo mantenida con personas que pensaba que le tenían aprecio, decide ir desde la capital de España hasta la ciudad murciana, en la que él y su esposa pasaron su luna de miel, en busca de alguna clase de rememoración que le alivie de su ataque de ansiedad. Este transito se produce de una forma tan brusca y con una ausencia de sentido de la continuidad tan acusada que produce una verdadera impresión de extrañeza en el espectador.



Para algunos de ustedes la circunstancia anteriormente señalada podría considerarse una anécdota menor pero para mí es un ejemplo de una historia llevada a la pantalla de un modo terriblemente descuidado y desafortunado. Tras un breve prólogo-introducción en el que ya se manifestaban algunos síntomas inquietantes (que se confirmaron más tarde de un modo que ya comentaremos) y el viaje relámpago anteriormente mencionado, la película prosigue su atropellado ritmo en lo que parece ser una sorprendente impaciencia por llegar a la situación que constituye la base principal de la trama: Roberto Gómez tendido boca arriba sobre un montaje de ferralla con un hierro clavado en la cabeza. De la Iglesia consigue llegar a la situación que le interesa a los quince minutos (contados) de comenzar la película, pero para ello ha tenido que transitar un camino a veces, como hemos visto, abrupto y a veces, como sucede con todas el encadenamiento de fatalidades que conducen a la ordalía de Roberto, directamente vergonzantes, impropias de alguien que ha filmado cosas como “El día de la bestia”, “La Comunidad” e incluso “Balada triste de trompeta” (aunque sí propias de alguien que ha filmado “800 balas”).



Todas estas circunstancias ofrecían más bien malos augurios sobre todo lo que vendría después (unos malos augurios que para ser sinceros ya tenía antes incluso de entrar a ver la película). Pero ya metidos en el terreno al que quería llevarnos De la Iglesia ¿qué encontramos allí? Pues varias cosas y ninguna buena, lo primero que falla es lo que se supone que debería ser la base del argumento: la interpretación de José Mota, un buen cómico pero un mediocre actor. Echando una ojeada a la carrera de Mota nos encontramos con un puñado de papeles secundarios que posiblemente podrían ser intercambiables con algunos gags de sus espectáculos televisivos, aquí en cambio tiene su primer papel protagonista y nada menos que en un drama en una producción de cierta enjundia, un desafío en el que no sale bien parado, no puede entender su inclusión en esta película de otra manera que no sea un truco publicitario para atraer a un público que posiblemente entre a ver la película pensando en encontrarse con algo muy distinto a lo que al final se le ofrece.




Tampoco es que los actores que rodean al protagonista ayuden mucho a sacar adelante el proyecto, algunos de ellos parecen tener también una función meramente decorativa con la idea de dar algún prestigio a la producción (Salma Hayek, Santiago Segura) y otros, como Fernando Tejero, Juanjo Puigcorbe o Juan Luis Galiardo fracasan sobre todo por tener que dar vida a personajes imposibles de admitir. El resultado es un filme cuyo gusto por el trazo grueso y la moralina digna de un capítulo de “El club de la herradura” hace que fracase tanto en su vertiente dramática (sustancia sobre la que en teoría se basa la película) como en sus escaso momentos cómicos (escasos y sin puñetera gracia habría que añadir).

Soy de los que aplaudieron el arriesgadísimo salto al vacío que De la Iglesia dio con “Balada triste de trompeta”, nunca esperé que su nueva película fuera en esa dirección porque se trataba de un camino cerrado, o más bien de un portazo definitivo a los demonios de la infancia, pero nunca esperé tampoco que el nuevo estreno del director vizcaíno fuera tan decepcionante.

En resumen si de verdad quieren ver una sátira sangrienta sobre la explotación capitalista de un tragedia humana y sobre lo morbosa complacencia del público por asistir a dicha explotación, les recomiendo que busquen donde sea “Ace in the hole” de Billy Wilder, y si quieren ver a José Mota haciendo lo que mejor sabe hacer ahí está youtube.

Monday, January 16, 2012

Street fighting man



En cierta ocasión asistí con mi padre a un mitin de Felipe González durante la campaña electoral de 1982. Durante su discurso, el que algunos días más tarde se convirtió en Presidente del Gobierno, dijo que el que por entonces líder de Alianza Popular tenía al menos una virtud: había conseguido englobar bajo un solo partido a casi toda la derecha española (excepción hecha de algunos grupúsculos extremistas a los que la historia y las urnas acabaron por borrar del mapa posiblemente para siempre) materializando así una delicada transición del franquismo hacia una opción conservadora de corte más europeo. No era habitual en aquellos años de posturas políticas tan enconadas elogiar de ese modo una personalidad pública tan denostada.

Y supongo que esto es lo mejor que se puede decir de Manuel Fraga. Otra cosa es que dicha transformación obedeciera a fines más personales que altruistas, resulta difícil que un político, sobre todo en las esferas en las que ejercían su actividad Fraga o el propio González, se mueva por otra cosa que no sea el interés propio, a lo más que podemos aspirar es a que para alcanzar dicho interés se empleen unos medios que más o menos favorezcan, aunque sea de forma subsidiaria, el interés general.

Ayer, hoy y en los próximos días se hablará mucho de Fraga elogiando su capacidad de adaptación a los cambios sociales que le tocó vivir, yo nunca he visto en él otra cosa que un individuo cuyo fervor por el lujuriante ejercicio de la política (al margen de cualquier interés económico pues no es nunca el dinero lo que estimula a esta clase de hombres) le llevó a aceptar cualquier régimen que le permitiera mantenerse en ese ejercicio. No se explica de otro modo el hecho de que alguien criado a los pechos de una dictadura intransigente no tuviera objeciones en participar de forma decidida en la transición hacia una Monarquía Parlamentaria y que incluso culminó su carrera política (prescindamos de sus últimos años de Senador bamboleante) presidiendo una Autonomía, forma de administración que posiblemente una decena de años antes le hubiera producido el más profundo rechazo.

De todos modos resulta difícil sustraerse a la sospecha de que en el fondo el sistema político preferido de Don Manuel (algo que posiblemente podría extenderse a otros líderes de semejante cariz como Margarte Tatcher o Charles De Gaulle) era la democracia orgánica a la que sirvió durante tantos años, por muchos esfuerzos que hiciera por ofrecer una imagen moderna al viejo tiburón se le escapaba de vez en cuando el ramalazo reaccionario con declaraciones inquietantes como aquella que hizo en cierta ocasión cuando manifestó que en el caso de llegar al poder hubiese acabado con el terrorismo en seis meses. Posiblemente fueran actitudes como esas las que le bloquearon su ascenso definitivo al poder y que, por más que se resistió con todas sus fuerzas, acabó por apartarle definitivamente de un actividad política en la que la sinceridad no es otra cosa que un molesto inconveniente que al menos debe reservarse como máximo para el primer Consejo de Ministros posterior a la victoria electoral.

Saturday, January 07, 2012

Drive by shooting



Se acerca la temporada de los Oscars y prácticamente cada semana se nos aparece alguna película de esas que “hay que ver”. Algunas de ellas ya han pasado por aquí como es el caso de las comentadas “The artist” y “Un método peligroso”, algunas otras en cambio será muy difícil que estén debido a que me niego a ver cosas como “La dama de hierro” en otro idioma que no sea el original (algo parecido sucedió el año pasado con la también lamentablemente doblada “El discurso del rey”).

La semana pasada le tocó el turno a “Drive”, un título con bastantes buenas referencias pero que a mí personalmente no me daba muy buena espina. Esta desconfianza estaba basada en parte por el desconocimiento de la carrera profesional de Nicolas Winding Refn, director del que no sólo no he visto ninguna de sus películas sino que desconocía la mera existencia de cualquiera de ellas. Pero además me inquietaba la insistencia en comparar el estilo de esta película con las del sobrio cine de acción de los setenta, especialmente el de la casi homónima “Driver”, un filme de Walter Hill (que particularmente considero un ejemplo de cómo cierta forma de filmar característica de aquella década ha quedad muy desfasada) al frente del cual destacaba un Ryan O´neal cuya caracterización algunos tildaron de “bressoniana” y que yo calificaría más bien como de “poner cara de estar cagándose vivo durante 91 minutos”.






Afortunadamente esta “Drive”, no tiene nada que ver con aquella “Driver”, primero porque Ryan Gosling durmiendo es mucho mejor actor que su tocayo, y en segundo lugar porque la película de Refn huye de cualquier clase de homenaje al cine de décadas pasadas y busca su propio camino por los vericuetos de la época en la que ha sido producida.

Y no es que “Drive” suponga algún tipo de novedad en cuanto a su planteamiento argumental, de hecho se trata de una trama muy clásica que podríamos identificar como propia del género de cine negro -o incluso del western- en la que destaca la figura del héroe solitario y lacónico al que su sentido de la honestidad empuja a cometer actos en contra del sentido común, e incluso del sentido de supervivencia. La película no nos da demasiada información sobre el pasado del conductor o sobre sus pensamientos y sentimientos, tampoco necesitamos saber todo eso, el personaje se manifiesta a través de sus actos, y la expresividad de los silencios de Gosling resulta mucho más reveladora que cualquier clase de monólogo interior. Tampoco, como hemos comentado antes, el argumento necesita de demasiadas explicaciones sobre su desarrollo o sobre las motivaciones de sus personajes, todo resulta bastante simple en el mejor sentido de la palabra. El mérito de la película reside precisamente en su elegancia en el tratamiento de una trama y de unos caracteres muy reconocibles por el espectador aportando algunos detalles propios como ese excelente prólogo insólita mezcla de tensión y anti clímax o esa inolvidable escena (que parece que se convertirá en la más emblemática cuando en el futuro se rememore esta película) en la que en apenas diez segundos y en un espacio de dos metros cuadrados queda resumida la marcada dualidad del protagonista del drama.

Lamentablemente el bueno tono que mantiene la película durante casi todo su metraje se pierde un poco hacia el final cuando un exceso de preciosismo y una cierta disgregación en el ritmo de narración estropean un poco el conjunto con una resolución final indigna de lo visto hasta ese momento. De todos modos hay que celebrar “Drive” como una de las mejores película de la temporada pre Oscars y recomendar su visión de forma entusiasta. Ya me contarán.