Académico en la sesentena desea conocer mujer interesada en Mozart, James Joyce y la sodomía

Comentario con spoilers puesto que no se trata de inducir a nadie para ir o no a ver la película ya que siendo de Isabel Coixet eso es una decisión que casi todos los espectadores han tomado previamente y sin necesidad de consultar con nadie.
Yo he visto dos películas suyas (“Cosas que nunca te dije” y “Mi vida sin mi”) que casi me han gustado y que seguramente me hubieran gustado más de no tener un doblaje tan horrible (algo que por cierto vuelve a suceder aquí, no entiendo por qué las películas de esta mujer tienen siempre ese problema). No fui a ver la anterior a esta porque el tema (tipo achicharrado en plataforma pretolífera sobre mar gris ceniza) no me atraía demasiado.
En cambio “Elegy” supone una variación sobre el cine de Coixet sobre todo porque, que yo sepa, es la primera vez que la película no está basada en una historia de su invención sino en un relato (de titulo original “El animal moribundo”) del prestigioso escritor Philip Roth.
Es la historia de David Kepesh un maduro profesor universitario cuyo mayor entretenimiento es seducir a sus alumnas aunque, para evitar problemas legales y académicos, siempre lo hace una vez finalizado el curso. La elegida en esta ocasión es Consuela, una estudiante de origen cubano. Al principio de la película Kepesh aparece como un diletante únicamente interesado por el sexo que incluso utiliza su erudición y su prestigio como cronista cultural en los medios sólo como un instrumento para encandilar a sus futuras amantes. Las causas de su comportamiento parecen obedecer a una deliberada intención de separarse de la moral dominante (de ahí su mala opinión sobre el matrimonio o esa escena que abre la película y que describe el conflicto entre el puritanismo de los pioneros de Nueva Inglaterra y aquellos que no quieren sujetarse a sus leyes) o más bien, como sostienen sus amigos, una forma de protegerse contra los conflictos emocionales que atormentan a la mayor parte de la humanidad.
Como quiera que sea lo cierto es que Kepesh acaba enamorándose de Consuela lo que parece bastante verosímil y Consuela acaba enamorándose también del viejo profesor lo que ya resulta más difícil de creer sobre todo porque la película no ayuda demasiado a ello. No hay que echarle la culpa a una mala adaptación del original literario ya que el propio libro tampoco parece muy interesado en esta parte de la historia. De hecho los problemas de Elegy se producen precisamente cuando se ocupa de algunos de los personajes que rodean a Kepesh (como los interpretados por Dennis Hopper, Peter Sarsgaard y Patricia Clarkson) y cuya presencia sólo se justifica por que también aparecen en el libro ya que ninguno de ellos contribuye demasiado a profundizar en la personalidad de Kepesh ni aportan demasiado a lo que se cuenta. De ahí quizás viene el hecho de que la peor escena de la película es la de la muerte de George (Dennis Hopper) que resulta tan grotesca que me cuesta trabajo creer que haya sido filmada en serio.
Por el contrario cuando Coixet se desmarca más de la historia y se centra en la intimidad de los dos amantes es cuando consigue hacerlo mejor, algo lógico puesto que es en esta parte de la película en la que la directora se encuentra más a gusto ya que tiene más libertad para recurrir a los trucos visuales (playa solitaria en invierno y tal) y sonoros que tan bien conoce, como el poner de fondo musical la Gnossienne numero tres de Erik Satie, una melodía que haría que incluso una escena de dos saltamontes fornicando resultara hermosa.
Es también en estas escenas (a la que podríamos añadir toda la parte final, esto es, la que empieza con la última visita de Consuela a la torre de marfil del profesor) donde los dos actores protagonistas dan lo mejor de sí. Especialmente en el caso de Ben Kingsley uno de los mejores actores del mundo pero que, a excepción de esos momentos ya señalados, no parece encontrase demasiado a gusto con el personaje (al que en un principio iba a interpretar el, quizás más adecuado Al Pacino) además de que no comprendo ese empeño de Coixet en sacarle tan feo. O yo al menos no recuerdo otras películas suyas donde se noten tanto sus enormes narices y orejas que le dan un aspecto más digno del emperador Ming que de un profesor tarambana.
Resumiendo una película donde lo concreto y lo intimo (es decir lo que no necesita discurso alguno) resulta más valioso y perdurable que lo general y teórico. Algo es algo.
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