Sunday, February 17, 2008

Abecedario del crimen capitulo XIII. Algunas veces he vuelto al lugar donde enterré a Mary Ann. La quiero cerca de mí porque la amo y la deseo.

A modo de comienzo me gustaría decirles algo: al contrario de lo que nos han mostrado durante años los libros y las películas de cine los asesinos en serie son unas personas completamente desprovistas de encanto y no demasiado inteligentes. El hecho de que algunos de ellos puedan eludir durante una larga temporada la acción de la justicia se debe sobre todo a un instinto de conservación que tiene más de animal astuto que de premio Nobel. Sin embargo hay algunas excepciones y Edmund Kemper es una de ellas.


|Kemper es un asesino que sobresale por encima de los de su clase por varios motivos: en primer lugar su imponente físico de más de dos metros de altura y 140 kilos de peso


, en segundo lugar porque es uno de los pocos asesinos en serie (si no el único) que se entregó a la policía de forma voluntaria cuando decidió poner fin a su carrera y en tercer lugar, con un cociente intelectual de 140 y una sorprendente lucidez a la hora de juzgar sus propias acciones, el gigante asesino es uno, también, de los escasos criminales capaces de un sincero y profundo autoanalisis sobre su conducta, lejos de las torpes y poco convincentes excusas que se oyen en otros casos. Por lo visto es él y no Ed Gein (un paleto que habitaba en los linderos del retraso mental y que era incapaz de hacer una reflexión tan singular sobre este o sobre cualquier otro asunto) el autor de la conocida cita que dice: “Cuando veo a una chica bonita una parte de mi piensa en decirle algo bonito e invitarla a salir mientras que la otra parte se pregunta como quedaría su cabeza clavada en un palo.”

Por lo demás la historia de personal de Kemper es bastante arquetípica: madre dominante y tiránica, padre ausente, humillaciones en el hogar y en la escuela, aislamiento social, crueldad con los animales…en resumen una serie de circunstancias adversas que afectan a la infancia y la adolescencia y que son posiblemente el único nexo en común entre todos los asesinos en serie. Condiciones necesarias aunque no suficientes desde luego pero no es el objetivo de hoy entrar en la larga e irresoluble cuestión entre los factores ambientales y los factores genéticos a la hora de analizar la mente criminal. Vamos a centrarnos en la historia de Ed y hagámoslo además (en homenaje a su mencionada capacidad de expresarse de forma tan aguda sobre sí mismo) en buena parte usando sus propias palabras.

Edmund Emil Kemper III nació el 18 de Diciembre de 1948 en Burbank California. Fue el segundo hijo y único varón del electricista Edmund Emil Kemper II y de su esposa Clarnell. La pareja tenía ya una hija y posteriormente tuvo otra más. Sus padres discutían con frecuencia. Clarnell reprochaba a su marido que no tuviera estudios y no ganara bastante dinero. Edmund padre a pesar de su imponente físico era un hombre débil y pasivo que no pudo soportar la tensión y en 1957 abandonó a su familia. El “pequeño” Ed adoraba a su padre a quien solía comparar con John Wayne a quien también admiraba.

“Cuando estuve por primera vez en Los Ángeles fui a poner mis pies en las huellas de los de John Wayne inmortalizadas delante del Teatro Chino. Me enorgulleció ver que mis pies eran mayores que los suyos”.

Edmund empezó en esta época a sentir un profundo odio por su madre. Una animadversión recíproca ya que Clarnell, que además había empezado a beber, encontraba cada vez mayor similitud entre padre e hijo: los dos eran enormes y con poco carácter. Aparte la mujer cree que el chico se está homosexual y necesita disciplina. Las hermanas de Ed tampoco le tenían aprecio de manera que el muchacho sentía que el mundo entero estaba contra él y acumulaba cada vez más deseos de odio y venganza.

Sus actividades se vuelven cada vez más morbosas. A los ocho años solía jugar con su hermana mayor a la silla eléctrica o a la cámara de gas “Me dejo atar con una cuerda a un sillón, finjo retorcerme de dolor cuando mi hermana hacer como que pone el contacto…”

Algún tiempo más tarde asiste a un espectáculo de magia en un centro comercial. Es el truco de la guillotina falsa. Una chica se ofrece a probar el aparato. Ed sufre una conmoción y empieza a fantasear sobre que haya un accidente y la chica quede decapitada. “Estaba fascinado, esa idea de la decapitación era tan excitante para mí que me acosó durante semanas”. Mucho antes de primer crimen ya sabía que iba a matar, que todo acabaría así,. Las fantasías eran demasiado fuertes”.

El comportamiento del niño se vuelve más y más extravagante, empieza a mutilar las muñecas de sus hermanas cortándoles las cabezas y las manos. Un día al volver del colegio descubre que su madre había cogido sus pertenencias y las habían trasladado al sótano. Su madre le dice que la vida con él es insoportable. Todas las noches le encierra en el sótano arrastrando la mesa de la cocina para cerrar la trampilla. Aquello se prolonga durante ocho meses hasta que el padre se entera y le pone fin.

Mientras tanto Ed sigue bajando peldaños en el descenso a la locura. Deja de mutilar muñecas y empieza a ocuparse de los seres vivos. Primero le arranca la cabeza al gato de la familia, la ensarta en un palo y la coloca en el cabecero de la cama para dirigirle sus oraciones. A los trece años mata a tiros al perro de uno de sus compañeros de clase, incidente que le vuelve aún más impopular en el colegio.

En 1963 Ed se marcha a vivir con su padre que se había casado de nuevo. Entra en un colegio de Los Ángeles pero de nuevo es rechazado por sus compañeros y su madrastra le tiene pánico. Su padre decide entonces llevarle a North Fork a la granja de los abuelos paternos. Su abuela es también una mujer dominante. “Mi abuela espera librarme de la influencia negativa de mi madre, pero de hecho la sustituye por la suya. Y yo soy completamente incapaz de comprender relaciones psicológicas tan complejas”.

Como siempre Ed alivia sus frustraciones con la violencia. Durante su estancia en la casa de los abuelos se agencia un rifle del 22 y literalmente dispara contra todo lo que se mueve. Causa tal sangría en los pájaros de la comarca que los animalitos deciden evitar la granja. El 27 de agosto de 1964 Ed da un nuevo salto cualitativo en la escala de la violencia y dispara a sus abuelos causándoles la muerte. También apuñala el cuerpo de la anciana, luego llama a su madre y le da la noticia. Cuando la policía le interroga dice que sólo quería saber lo que se sentía matando a su abuela, dice también que lamenta no haber tenido el valor de desnudarla.



Un tribunal psiquiátrico le diagnostica como esquizofrénico paranoide y decide enviarle a un hospital para criminales dementes donde pasa los siguientes cinco años. Pronto se convierte en un recluso de confianza e incluso acaba ayudando al director de la institución a evaluar a los otros reclusos. Adquiere el dominio de los conceptos y terminología psicológicos y llega a adivinar lo que los doctores querían que diga. Por fin en junio de 1969 le ponen en libertad. Los médicos del hospital habían aconsejado que Ed se mantuviera lejos de su madre pero ante la falta de alternativas (era incapaz de sobrevivir solo y su padre se había evaporado borrando incluso su nombre de la guía) las autoridades decidieron volver a confiárselo. Clarnell vivía ahora en la ciudad californiana de Santa Cruz y trabajaba en la Universidad.

Ed se siente de nuevo extraño en un mundo que además ha cambiado rápidamente “Tenía casi 21 años y ninguna experiencia sexual o amorosa. Tampoco había trabajado nunca”. Kemper detesta la nueva sociedad juvenil imbuida de la filosofía hippie. Los problemas con la madre vuelven a reproducirse, la mujer sigue inmersa en el alcoholismo pero a pesar de todo sigue teniendo planes para él, le acucia para que termine sus estudios y obtenga una plaza en la Universidad. Aunque Kemper era muy capaz de graduarse, se negaba a tal compromiso. En cambio intenta entrar en la policía pero es rechazado debido a su estatura. Un día la mujer le comenta que no quiere que él se relacione con las chicas de la Universidad en la que trabaja porque le considera un botarate y no merece conocerlas. Al oír estas palabras Kemper empieza a tener fantasías sobre matar a esas chicas uniendo así por fin el odio contra su madre y sus morbosos deseos sexuales en una única y aterradora realidad.

Por aquella época encuentra trabajo de guardavías lo que le permite dejar la casa de su madre e instalarse en un piso compartido donde comienza a preparar con cuidado sus futuras acciones. Durante dos años recorre las autopistas y carreteras del estado de California recogiendo a cientos de autoestopistas (abundantes en aquellos primeros años setenta) y perfeccionando tácticas psicológicas para conseguir, a pesar de su perturbador aspecto, ganarse su confianza. También las somete a un escrupuloso cuestionario para ver si son las victimas adecuadas “no quería tener nada que ver con las sucias hippies que se veían en todas partes. Quería herir a la sociedad donde le hiciera más daño”. También empieza a coleccionar navajas y varias pistolas que guarda en el maletero de su coche al que ha hecho algunos arreglos como el añadir una palanca debajo del asiento del conductor que permite bloquear la puerta del asiento del copiloto. Por último convence a su madre para que le consiga un pase de la Universidad de California lo que le daba acceso a todos los campus del estado. En la primavera de 1972 todo está preparado pero Ed aplaza continuamente el comienzo de la culminación de sus fantasías, bordea continuamente el abismo sin decidirse a dejarse caer en él. Falta la gota que colma el vaso. Por fin otra discusión especialmente angustiosa con su madre hace que estalle la pesadilla. Ed sale de la casa de Clarnell dando un portazo y se dice a sí mismo que la primera mujer atractiva que vea esa noche va morir.

Esa presunta primera victima nunca se encontró y Kemper jamás fue acusado de ese asesinato sobre el que proporcionó pocos detalles.

Lo que sí se ha verificado es que el 7 de mayo de 1972. se encontró con Mary Ann Pesce y Anita Luschessa, dos estudiantes universitarias de 18 años están haciendo autostop en la carretera de San Francisco. “Mary Ann es una experta autoestopista. No quería subir al coche pero yo había perfeccionado una técnica infalible. Miraba siempre mi reloj con el aire de alguien que se pregunta si tiene tiempo de detenerse. Es increíble lo bien que funciona esto. Algo me atrae hacia Mary Ann. No quiero decir que sienta compasión por ella cuando hablo de ella. De hecho, representa precisamente lo que me impulsa al crimen. Es altiva, algo desdeñosa, me hace caer en el crimen a causa de su refinamiento, de la distancia que establece entre nosotros. Ella colaboró bastante en su propia muerte






Al contrario que su compañera, Anita es la primera vez en su vida que hace autoestop. Usando su experiencia Kemper se da cuenta de que ninguna de las dos conoce bien la zona lo que le permite desviarse por carreteras secundarias hasta que por fin las muchachas se dan cuenta de que algo malo está pasando. En ese momento Ed saca la pistola. Anita se muestra acobardada y termina en el maletero, Mary Ann trata de razonar con el maniaco pero ya no hay vuelta atrás. “Cuando actúo es un choque terrible. Multiplico las tonterías. Quiero estrangularla y no lo consigo. Se agita, empieza a gritar. Me siento frustrado. Tomo mi cuchillo y la apuñalo. No se muere. En las películas se supone que la gente muere en seguida. En la realidad, las cosas no son así. Acaba con la garganta cortada. Ya está ya está ahora tengo que matar a la otra. Tengo la impresión de que me va a estallar la cabeza. Es como una pesadilla psicótica. Saco a la otra del maletero empiezo a apuñalarla. Espero que caiga pero continua gritando por fin pierde el conocimiento. Se está muriendo. Es insensato pero recobra el conocimiento y me pregunta ¿por qué?. Yo también quiero saber por qué. Hay sangre en todas partes y ella continua hablando. Repite alternativamente no, no, no y ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?. Es una locura. No siento nada, ya no formo parte de la raza humana. Unos instantes después muere.

Kemper lleva los cuerpos a su casa allí los mutila y se queda con las cabezas con las que se dedica a jugar encima de la cama. Una de las cabezas cae rondando al suelo y hace mucho ruido, su vecino de abajo se queja y Kemper le grita “Compañero, lo siento mucho, he dejado caer mi cabeza”.

“Vivas, las mujeres se muestran distantes conmigo,. No comparten nada. Trato de establecer una relación pero no la hay…Cuando las mato sé que me pertenecen. Es la única manera que tengo de poseerlas. Las quiero para mí solo.

Pasaron cuatro meses en los que Kemper se contenta con los recuerdos que le quedan de sus primeros crimenes: los objetos personales de las muchachas y las fotografias que sacó de sus cadaveres. Pero a finales del verano volvió a la carga. El 14 de Septiembre recoge a Aiko Koo de 15 años y la mata poco después.

Kemper estudia los objetos personales de la victima tratando de averiguar algo de la vida a la que había dado fin. Tiene dudas sobre la respetabilidad de su victima, hasta el punto de que pasa en coche por delante de su domicilio para contemplar la clase de de casa donde vivía. Dos días después con la cabeza de su victima aún en el maletero, viajó hacia Fresno para ver a una pareja de psiquiatras forenses, los cuales declararon que había hecho muchos progresos y recomendaron la cancelación de sus antecedentes juveniles.

Kemper es a la vez un feroz asesino y un vecino bien considerado al que todos tienen por un buen tipo que y que progresa en sus relaciones con la comunidad. Suele frecuentar un bar local donde conoce a policías algunos de los cuales participan en la investigación de sus crímenes y le comentan detalles del caso. Kemper sale incluso con la hija de un jefe de la brigada criminal de Santa Cruz, que suele invitarle a su casa y le considera un buen partido para su hija. Durante las cenas en casa de su suegro Kemper se imagina sacando un revolver y matándoles a todos para luego decapitarles y dejar las cabezas sobre los platos. Posteriormente el policía le preguntó por qué no les había hecho nada y Kemper le contestó que porque le había tratado con consideración, lo mismo que su hija.

Kemper vive pués en un estado de disociación como si de un Jeckill y Hyde moderno se tratara. He aquí como describe una semana cualquiera en aquella época. “La mato un jueves. A la mañana siguiente comunico a mi patrón que estoy enfermo. Desmiembro el cuerpo de la chica. El viernes por la noche me deshago del cadáver pero conservo la cabeza y las manos. El sábado por la mañana salgo de mi casa para llevármelas y enterrarlas luego visito a mi psiquiatra y por la tarde visito al otro. El sábado por la noche voy con mi novia y su familia a Turlock y el domingo por la noche regreso a mi casa.

Pasan otros cuatro meses. En ese interludio Kemper no puede trabajar debido a un accidente y no tiene más remedio que volver a casa de su madre. El 09 de enero de 1973 vuelve a matar. Esta vez se trata de Cindy Schall una canguro de 18 años. La mata, decapita el cadáver y entierra la cabeza al pie de la ventana del cuarto de su madre



El 05 de febrero le toca a Rosalind Thorpe y a Alice Lin dos jóvenes a las que recogió la misma noche en sitios distintos. Rosalind Thorpe iba al campus todos los días en bicicleta excepto el día en que murió. En esta ocasión el ritual se desarrolla más rápido de lo normal: asesinato a tiros, necrofilia y decapitación. Pero aquello cada vez le produce menos placer. Se vuelve descuidado, se pasea por el campus con los cuerpos agonizantes amontonados en el asiento de atrás sin que nadie se de cuenta de lo que pasa.



.

“El objetivo original había desaparecido. Empezaba a pesarme. La necesidad de seguir con la muerte era superflua. No me estaba sirviendo para ningún propósito físico ni emocional. Era una pura pérdida de tiempo. Se había agotado.”

Kemper sigue frecuentando el bar de la policía donde empieza a beber en exceso y a tomar barbitúricos. Mientras está borracho no puede actuar y desea mantenerse así el máximo tiempo posible. Pero no se puede estar borracho todo el tiempo a pesar de que bebe una media de cinco litros de vino al día.

Ed desea acabar con todo pero quiere hacerlo con un acto definitivo. Primero piensa en liquidar a todos sus vecinos, una docena de familias pero rechaza la idea y por último llega a la conclusión de que la pesadilla terminará con la muerte de su madre.

El viernes por la tarde regreso pronto a casa y bebo durante toda la tarde. Cuando mi madre regresa, estoy dormido. Me despierto después de su llegada. Las últimas palabras, la última disputa. Voy a su cuarto. En el fondo de mí mismo deseaba pronunciar la palabra apropiada, o que ella dijese algo que detuviera aquella locura. Tenia esa pequeña e ingenua esperanza. Pero nada…está leyendo, deja su libro para decirme “Vaya por Dios, ¿te quedarás de pie toda la noche para hablarme?” Era una de sus frases favoritas cuando iba a hablarle a su cuarto. La mayor parte de las veces yo contestaba que no y me marchaba. Ella sabía entonces que me había herido, que a la mañana siguiente todo volvería a ser normal. Esa noche yo había decido que ya no hablaríamos más. Regreso a mi cuarto para tenderme un rato. Dos o tres horas sin podré dormirme. Deben ser las cuatro o las cinco de la mañana.

Kemper regresa al cuarto de Clarnell con un martillo y le hunde el cráneo, le corta la garganta, le arranca la laringe y la arroja al triturador de basura en un gesto claramente simbólico. Pero cuando Kemper pone en funcionamiento la máquina, ésta se obstruye y devuelve la garganta. Incluso muerta seguía quejándose de mí. No conseguía hacerla callar. Coloca la cabeza sobre la repisa de la chimenea y la convierte en diana para jugar a los dardos mientras le grita cosas que no había podido decirle nunca en vida.

Siempre consideré a mi madre como alguien muy impresionante, un ser casi indestructible. Tuvo una enorme influencia en mi vida. Me sorprende mucho darme cuenta de hasta qué punto es vulnerable, tan humana como mis demás victimas. Esto me sobrecoge un buen rato, y todavía me conmueve aunque su muerte me alivie.

Podría pensarse que al terminar con lo que él suponía el origen de todos sus problemas sus ansias de matar cesarían o al menos se aplacarían pero ocurrió todo lo contrario. Al día siguiente va en busca de un amigo que le debe diez dólares con intención de matarle pero cuando el hombre paga su deuda salvando así la vida. Entonces Kemper telefonea a Sally Hallett, una amiga de su madre y le invita a una cena sorpresa. Otras versiones dicen que Kemper quería explicar la ausencia de su madre y pensó en decir que se había marchado con su amiga.

Como quiera que fuese la mujer acudió a la cita.

Apenas llega, se deja caer en un sillón y dice que está muerta de cansancio. A fin de cuentas, le tomé la palabra

Kemper usó de nuevo el martillo y coloca el cuerpo sobre su cama antes de irse a dormir al cuarto de su madre. Al despertarse, el domingo de Pascua, se marcha de su casa en coche y deja esta nota:

Sábado, 5.15 de la mañana. No es necesario que ella sufra a causa del horrible carnicero sangriento. Fue breve –ella dormía-, yo quise que fuese así. Muchachos, no es un trabajo incompleto y descuidado. Simplemente, falta de tiempo ¡¡¡Tengo cosas que hacer!!!

Siguen 48 ininterrumpidas de huida mientras se atiborra de pastillas No-Doz para no dormirse y sigue su ruta hacia el Estado de Colorado. Por fin se detiene y telefonea a sus amigos de la policía para entregarse pero nadie le cree. Después de muchos intentos consigue convencer por fin a uno de los policías y le detienen.

En los interrogatorios posteriores Kemper hizo una detallada confesión de sus crímenes pero los motivos siguen siendo algo confusos. Por ejemplo en el tema de las decapitaciones –que aplicó a todas sus victimas- decía por una parte que la intención era evitar que se identificaran los cuerpos pero otras veces las consideraba trofeos personales como los de los cazadores que cuelgan las cabezas de ciervos y alces que han abatido. Kemper también trató siempre de culpar de sus crímenes al violento y abusivo carácter de su madre pero las personas del entorno de Clarnell nunca creyeron ciertas las declaraciones de Kemper sobre el carácter dominante y pendenciero de la mujer. Lo cierto es que casi todos los crímenes se produjeron después de alguna clase de discusión con su madre y que posteriormente el asesino encontraba sumamente placentero charlar con Clarnell mientras tenia alguno de los cadáveres en su dormitorio o en el maletero de su coche.


Los amigos de Kemper no podían creer la noticia. Lo habían visto siempre como a un gigante amable y sociable, un hombre cordial, contrario a todo tipo de violencia o estallido de cólera. Lo cierto es que esos estallidos tenían lugar únicamente cuando Kemper se sentía capaz de dominar completamente la situación. Los psiquiatras que lo habían atendido en el hospital psiquiátrico durante su adolescencia no lograban tampoco explicar lo sucedido. En general la psiquiatría penitenciaria fue duramente atacada.

Mientras aguardaba el juicio, Kemper intentó por dos veces suicidarse cortándose las muñecas. El juicio fue rápido, las pruebas eran abrumadores incluso si se hubiera obviado la completa confesión que hizo el asesino que a pesar de todo se declaró “no culpable por motivos de locura” aunque su abogado no fue capaz de encontrar a ningún psiquiatra o psicólogo que testificara en su favor. Al preguntársele cual sería un castigo adecuado para él Kemper respondió “muerte por tortura”. Pero como le tocó una época en la que en el estado de California no se aplicaba la pena capital, en su lugar fue sentenciado a siete condenas de cadena perpetua consecutivas. Lleva ya 35 años encerrado en la prisión de Vacaville (la más poblada del mundo con cerca de diez mil reclusos) y es seguro que morirá allí.

Los asesinos en serie no suelen ser muy populares entre sus compañeros de reclusión, especialmente sin son famosos, algunos hasta han sido asesinados en prisión. Sin embargo Kemper ha logrado sobrevivir ayudado sin duda por su corpulencia y también por su conocida capacidad de adaptación. Incluso ha terminado por convertirse de nuevo en un preso modelo, se ha convertido en profesor de Informática y en 1981 recibió públicamente un premio por sus trabajos de reproducción de libros para ciegos con un equipo de quince reclusos a sus ordenes. Tampoco ha descuidado sus relaciones públicas y durante todos estos años ha estado siempre disponible para cualquier periodista, investigador o documentalista que haya querido entrevistarle







También ha ayudado a las autoridades penitenciarias para conseguir meter en cintura a otros presos menos dispuestos a colaborar. Es el caso de Herbert Mullin que asesinó a trece personas en cuatro meses según él para evitar unos terremotos que habrían destruido California. Es uno de los pocos asesinos en serie cuyos crímenes no están motivados directa o indirectamente por el sexo.

En prisión Mullin se muestra problemático, a menudo interrumpe a los demás reclusos cuando están viendo la televisión y se pone a leer discursos a pleno pulmón o a cantar con una horrible voz de falsete. Hasta los guardias quieren partirle la cara pero Kemper encuentra la manera de domesticarle. Descubre que adora los cacahuetes de la marca Planters. Cuando se porta bien le tira cacahuetes a su celda pero cuando se porta mal se las arregla para lanzarle un cubo de agua en la cabeza dejándole completamente mojado. Tras tres semanas de tratamiento Mullin parece calmarse, su comportamiento se vuelve más sociable y tiene frecuentes conversaciones con Kemper que se convierte en su confesor. Kemper le dice “Sobre todo, Herbie, no me hables más de tus bobadas de los terremotos o de que Dios te ordena esto o aquello. Todo eso es un cuento chino y lo sabes muy bien.” Mullin responde “Tienes razón, Ed, pero nunca se lo dije a nadie”.

No obstante en ocasiones pare que las ascuas homicidas siguen ardiendo o eso se deduce de una anécdota narrada por Robert Ressler ex agente del F.B.I. y una de las máximas autoridades en lo que se refiere a criminales en serie.


Era la tercera vez que Ressler visitaba a Kemper. Al cabo de cuatro horas, da por terminada la entrevista y aprieta el timbre para llamar al guardia. Llama tres veces en un cuarto de hora. Sin respuesta. Kemper advierte a su entrevistador que no sirve de nada ponerse nervioso, pues es la hora del relevo y de la comida de los condenados a muerte. Con un toque de intimidación en la voz, Kemper agrega, haciendo una mueca, que nadie contestará a la llamada antes de otro cuarto de hora por lo menos: “Y si de repente me vuelvo majareta, vaya problema que tendrías ¿verdad?. Podría desenroscarte la cabeza y ponerla encima de la mesa para darle la bienvenida al guardia…”

Nada tranquilo, Ressler le contesta que esto volvería aún más difícil su estancia en la cárcel. Kemper le responde que tratar así a un agente del F.B.I. provocaría, al contrario, un enorme respeto entre los demás prisioneros: “No te imagines que he venido aquí sin medios de defensa” dice el policía. “Sabes tan bien como yo que está prohibido a los visitantes llevar armas”, responde Kemper mofándose.

Conocedor de las técnicas de negociación en los casos de rehenes, Ressler trata de ganar tiempo. Habla de artes marciales y de autodefensa. Finalmente el guardia aparece y Ressler lanza un suspiro de alivio”.

Al salir de la sala de entrevistar, Kemper le dirige un guiño y, poniéndole el brazo sobre el hombre, sonríe: “Ya sabes que sólo bromeaba ¿no?!”.

Wednesday, August 04, 2010

Abecedario del crimen. Capitulo XIX. Helter Skelter. Parte Quinta y última: It's pretty hard to beat the king

El juicio a Charles Manson y familia comenzó el 24 de julio de 1970 y duró hasta el 25 de enero de 1971 convirtiéndose así en el más largo de la historia de California hasta ese momento. El fiscal asignado al caso, Vincent Bugliosi, no sólo tenía que demostrar que los miembros de la Familia eran responsables de los asesinatos Tate-La Bianca, sino también que Manson les había inducido a cometerlos.



Ese vínculo fatal entre Manson y sus seguidores le quedó claro a Bugliosi desde el principio, al fiscal le impresionó que las chicas sonrieran casi continuamente y no dejaran de repetir “Charlie es amor”. Su complacencia supina e indiscriminada hacía pensar en las muñecas Barbie, y las primeras indagaciones en los hechos de la Familia dieron poco resultado. Cuando les exigían fechas, las chicas contestaban: “El tiempo no existe”.

Aunque no era necesario para la acusación establecer un motivo para los crímenes (sabia postura por cierto), Bugliosi consideró que el móvil era una evidencia de gran importancia, especialmente porque Manson no había estado presente en las matanzas. El fiscal quería demostrar que el principal motivo era el “helter skelter”, la creencia de Charlie de que podía iniciar una guerra racial y beneficiarse personalmente de ella.

En su alegato inicial, Bugliosi presentó a Manson como un “vagabundo errante, un cantante frustrado que se refería a sí mismo como Jesucristo y un asesino que se ocultaba inteligentemente bajo la máscara de un hippie amante de la paz pero era un megalómano que unía a su insaciable sed de poder una intensa obsesión por la muerte violenta.”

El juicio no sólo fue recordado por ser uno de los más largos sino también porque los acusados lo convirtieron en un circo.



Mientras los seguidores de Manson hacían lo propio en el exterior.



Manson, que insistió en defenderse a sí mismo, apareció en cierta ocasión con la cabeza rapada y una esvástica grabada en la frente, y sus discípulas no tardaron en imitarle.






El drama alcanzó su punto culminante cuando Manson se pudo a discutir con el juez Charles Older y saltó hacia él, gritando: “¡Alguien debería cortarte la cabeza!”. Acto seguido, Atkins, Krenwinkel y Van Houten se pusieron en pié y comenzaron a cantar en latín. El juez Older no dudó en expulsarles de la sala, algo que repitió cada vez que desafiaban sus llamadas al orden. Las interrupciones eran tan frecuentes que los procesados pasaron gran parte del juicio en una celda anexa a la sala, escuchando las declaraciones a través de un altavoz. No fueron los acusados sin embargo los únicos en perder las formas, incluso el propio Nixon, presidente de los Estados Unidos en aquella época, declaró que Manson era culpable. El hecho de que todo un presidente expresara su opinión sobre un hombre todavía no condenado es un claro indicativo de cómo el caso había sacado de quicio a una sociedad entera.



Hablando exclusivamente en términos procesales el auténtico clímax del juicio fue la declaración de Linda Kasabian que repentinamente había vuelto a la cordura y aceptado testificar en contra de sus antiguos hermanos. Parece demostrado que Linda había tenido un papel secundario en la masacre del caso Tate pero a esto ella misma añadió el hecho de que se había sentido horrorizada de forma espontánea por lo que estaba sucediendo ante sus ojos y de que incluso trató en la medida que pudo de impedirlo. Una versión más cínica indicaba que posiblemente Linda participó en los asesinatos con el mismo entusiasmo que sus compañeros pero que posteriormente (y al contrario que el trío de brujas que había estado atormentando al estado de California durante el juicio) fue capaz de caer en la cuenta de la gravedad de sus actos y trató en consecuencia de escapar como pudo. Como quiera que fuese lo cierto es que su declaración contribuyó mucho a aclarar todo lo que había sucedido aquella noche y, lo que es más importante, la participación de Manson en ello.



Por fin el 25 de enero de 1971, el jurado alcanzó un veredicto: Manson, Krenwinkel, Atkins y Watson fueron declarados culpables de siete cargos de asesinato y uno de conspiración para el asesinato; Van Houten fue encontrada culpable de dos cargos de asesinato y uno de conspiración. Todos ellos fueron condenados a muerte. En 1972, la Corte Suprema de California abolió la pena de muerte en el estado y sus sentencias fueron conmutadas por cadenas perpetuas. Linda Kasabian recibió la inmunidad por su declaración. En agosto del año anterior Bobby Beausoleil también había recibido la pena de muerte por el asesinato Hinman pero dicha sentencia fue igualmente conmutada en 1972. En cuanto a los otros dos miembros de la familia que estuvieron presentes en alguna de las tres matanzas, Mary Brunner recibió asimismo inmunidad por testificar contra Beasuloeil por el caso Hinman y Steve Grogan recibió una sentencia de muerte pero no por su participación (escasa) en el caso LaBianca sino por un crimen posterior también relacionado con el entorno de la Manson. Fue puesto en libertad bajo palabra en 1985 siendo hasta el momento el único miembro de la Familia que ha sido liberado después de ser condenado por homicidio.

Los demás permanecen en prisión y resulta muy difícil concebir que alguna vez obtengan la libertad condicional debido a la notoriedad de sus crímenes, por más que la práctica totalidad de ellos han expresado arrepentimiento por sus actos y han renegado públicamente de Manson. Algunos como Watson incluso afirmaron haber encontrado a Jesús en la cárcel; Tex declaró que había renacido, y con el tiempo se había convertido en un predicador célebre; acudía gente de las localidades de los alrededores, al igual que los reclusos, para escucharle los domingos. De todos modos en una sociedad tan implacable con los criminales como la americana estas conversiones intramuros son denominadas despectivamente como “prison religion” haciendo referencia a que suponen una simple estrategia para obtener la libertad bajo palabra en el futuro.

Susan Atkins murió en la cárcel el 24 de septiembre de 2009 víctima de un tumor cerebral sin que sus últimas peticiones de libertad fueran escuchadas.



Sus antiguos correligionarios sufrirán sin duda la misma suerte. Aun admitiendo que ahora son personas totalmente distintas de los post adolescentes enloquecidos por la droga y la confusión de la época que les tocó vivir, están atrapados para siempre por la celebridad de sus actos.



El último capítulo de la sangrienta historia de la Familia lo escribió Lynette Fromme (rebautizada como Squeaky).



Aunque no estuvo involucrada directamente en los crímenes de la Familia, cuando Manson y los otros fueron enviados a prisión se convirtió en uno de los miembros más activos en la defensa “exterior” del líder encarcelado lo que incluía amenazas a testigos de la acusación. Pero su pasaporte a la fama le llegó cuando el 5 de septiembre de 1975 trató de asesinar al presidente Gerald Ford con una pistola del 45, delito por el que fue condenada a cadena perpetua aunque logró salir el año pasado con libertad bajo palabra.



La mayor parte de los asesinos obtienen un breve período de celebridad cuando se desvelan sus crímenes para luego caer en un olvido sólo interrumpido por la noticia de su muerte. Pero no sucede así en todos los casos o al menos no en el caso de Manson que ha mantenido intacta su celebridad a lo largo de los años. Esto es debido en parte a la propia naturaleza del crimen (por su sadismo y por la relevancia social de las personas que fueron asesinadas) así como al carácter icónico del mismo. La masacre fue cometida en verano de 1969 aunque el crimen no fue finalmente resuelto hasta noviembre de ese año, este hecho (junto con lo sucedido el mes siguiente en el festival de Altamont) se considera oficialmente como el final de los sueños de paz y amor de los años sesenta, unos sueños que habían desembocado en la pesadilla de violencia y descontrol encarnada por Manson, puede que fuera injusto pero fue exactamente la sensación que todo el mundo tuvo entonces y que algunos mantienen ahora.

La mayor parte de los asesinos obtienen un breve período de celebridad cuando se desvelan sus crímenes para luego caer en un olvido sólo interrumpido por la noticia de su muerte. Pero no sucede así en todos los casos o al menos no en el caso de Manson que ha mantenido intacta su celebridad a lo largo de los años. Esto es debido en parte a la propia naturaleza del crimen (por su sadismo y por la relevancia social de las personas que fueron asesinadas) así como al carácter icónico del mismo. La masacre fue cometida en verano de 1969 aunque el crimen no fue finalmente resuelto hasta noviembre de ese año, este hecho (junto con lo sucedido el mes siguiente en el festival de Altamont) se considera oficialmente como el final de los sueños de paz y amor de los años sesenta, unos sueños que habían desembocado en la pesadilla de violencia y descontrol encarnada por Manson, puede que fuera injusto pero fue exactamente la sensación que todo el mundo tuvo entonces y que algunos mantienen ahora.

Tampoco es que a Manson le hayan faltado seguidores que hayan mantenido viva su memoria y no me refiero tan solo a las hordas de desequilibrados que adoran a cualquier criminal célebre, la presencia de Manson ha sido constante en múltiples manifestaciones artísticas. En 1993 el grupo Guns and Roses sacó un disco de versiones denominado “The Spaguetti Incident”, una de esas versiones era precisamente de un tema originalmente escrito por Manson, “Look at your game girl”.



El propio Axl Rose se atrevió incluso a lucir durante un tiempo una camiseta con la foto del célebre convicto.



Más o menos en esa época comenzó a destacar otro grupo llamado Marilyn Manson que acabaría por alcanzar gran notoriedad tanto en el aspecto musical como en el extra musical, parte de lo segundo quizás provocado por la maldición que arrastra el nombre que decidieron usar. Por más que Brian Warner (autentico nombre del líder del grupo) insistiera en el hecho de que dicho nombre era un juego de palabras en torno a la esquizofrenia de la sociedad norteamericana (que le llevaba a idolatrar con el mismo enfasis a una glamorosa actriz de Hollywood y a un desaseado criminal) lo cierto es que al final ha pesado más la M de Manson que la de Marilyn.




Charlie ha sido incluso protagonista de una ópera, The Manson Family compuesta también en los noventa por John Moran quien declaró que no le interesaba para nada la violencia del caso sino la naturaleza de la personalidad de Manson.



En cuanto a la dramatización de su historia Manson no ha tenido tanta suerte. Que yo sepa se ha llevado el caso al menos dos veces a la pequeña pantalla (existe una tercera basada en un libro escrito por Tex Watson de cuya existencia me acabo de enterar). Estas dos versiones de la historia se llaman igual y ambas están basadas en un libro escrito por el fiscal Bugliosi. En la primera de ellas (estrenada en 1976) Manson estaba caracterizado por Steve Railsback (que mucho más tarde daría vida también a otro célebre asesino, Ed Gein).En la segunda versión (2004) era Jeremy Davis el encargado de encarnar al demonio.




Con toda esta atención no es de extrañar que Manson sea el recluso que más correo recibe en los Estados Unidos, unas 60.000 cartas anuales, la mayoría de jóvenes que quieren unirse a la Familia. Al final Charlie consiguió lo que siempre quiso ser: una estrella mundialmente conocida cuya imagen aparece en pósters y camisetas, a la que se dedican películas y libros y cuyas canciones han sido interpretadas por grupos superventa. Respecto a este asunto lo último que se ha sabido sobre Charlie es que le hizo llegar una nota al célebre productor Phil Spector (que cumple condena por asesinato en la misma prisión que Charlie) para ver si “podían hacer algo juntos”.



Pero aparte de todo este ruido de fondo ¿quién es realmente Charles Manson? Curiosamente es una pregunta que muy poca gente parece haberse hecho verdaderamente en serio. Casi todo el mundo quiere hablar con Charles Manson, sobre todo para poder decir que lo ha hecho, no porque tenga un interés real en oír lo que Manson quiere decir. La mayor parte de estas entrevistas han sido realizadas por periodistas sensacionalistas y Manson siempre les daba lo que querían transformando así muchas de estas conversaciones en una bufonada.






Uno de los pocos que intentaron ir un poco más allá en sus entrevistas con Manson fue el investigador del F.B.I. Robert K Ressler (del que ya hablamos en cierta ocasión). Manson relató a Ressler su percepción sobre sí mismo en relación con el mundo, “Si tienes en la mano un negativo fotográfico”, sostenía Manson, “ves una visión del mundo que está invertida”; Manson decía que él era ese tipo de negativo de la sociedad, un reflejo de ésta que mostraba todos sus aspectos nocivos. En concreto él se consideraba un negativo, en un reflejo de los chicos que mataron por él. “Vosotros habéis hecho así a vuestros hijos….Vosotros les enseñasteis. Yo sólo he tratado de ayudarles a levantarse. Todo lo que han hecho esas criaturas lo han hecho por amor a sus hermanos.”

Manson había llegado a la conclusión de que, como no había hecho otra cosa que reflejar aquello en que sus discípulos querían convertirse, él no era en rigor responsable de sus actos criminales; esa era la razón por la que “no sabía por qué” estaba en prisión. En el fondo esta actitud refleja una sorprendente ingenuidad, Manson pensaba que el hecho de no haber estado presente en el momento exacto en que se cometieron los crímenes suponía alguna clase de exoneración. De hecho, tal y como afirmó el fiscal Bugliosi en su día, Charlie ni siquiera ordenó expresamente los asesinatos sino que creó el clima en el que sus discípulos sabían lo que tenían que hacer para agradarle, y ellos deseaban hacerlo.

En el fondo Manson abordó estos crímenes de un modo bastante racional aunque siempre dentro de esa actitud ingenua antes reseñada, a propósito del relato que Watson y las chicas le hicieron sobre lo sucedido en casa de Sharon Tate, Manson declaró: “A una persona normal los sucesos de la noche le habrían parecido repulsivos y horrorosos, pero hacía mucho tiempo que yo no me medía por los patrones sociales…Lo único que me preocupaba era si se parecía al asesinato de Hinnam por si la policía llegaba a la conclusión de que el autor de ese asesinato no era Bobby.”

En una entrevista posterior con Charles Watson, Ressler corroboró algunas de estas impresiones. Tex admitió que Manson no le había dado órdenes directas y explícitas, pero que estaba perfectamente claro que Manson entendía lo que Watson y los otros iban a hacer, y no les detuvo, y que Manson más tarde se deleitó al saber lo que había hecho por él. Watson añadió que después de llevar algún tiempo en prisión comprendía a Manson: Charlie había actuado como un experimentado convicto dominando completamente al nuevo.

“Por estrafalarias que las enseñanzas de Charlie pudieran parecer –comentaba Watson- para nosotros resultaban irresistibles. Cuanto más ácido tomábamos, y más escuchábamos, más evidente e inevitable parecía todo”. Además de esto Watson reconoció que había intentado ascender en la estructura de poder de la Familia, conseguir que las chicas acudieran a él en busca de autoridad. Por la vía del asesinato, Watson buscaba convertirse, si no en el líder de la Familia, sí en el lugarteniente de Manson, un hombre al que todos debían respetar por la enormidad de sus crímenes y su familiaridad con la violencia.

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el tema la teoría más plausible es que, cuando salió de la cárcel, Manson se encontró con un ambiente propicio para ejercer las dotes de manipulador que había adquirido durante sus años en presidio y que posteriormente usó para obligar a un puñado de adolescentes alucinados a cometer crímenes con los que saciar su sed de venganza hacia una sociedad que él pensaba que le debía algo. Posteriormente se ha pasado cuarenta años tomandole el pelo a todo el mundo.

Pero si esto resultara demasiado complejo quizás prefieran contentarse con la respuesta que dio el propio Manson cuando se le hizo la gran pregunta.

Monday, August 12, 2013

ABECEDARIO DEL CRIMEN. CAPÍTULO XXII Y ÚLTIMO. OH YOU, HANDSOME DEVIL



El 6 de agosto del año 2006 (es decir hace más o menos siete años) se publicó en este blog una entrada que sería la primera de una larga lista que tendría como eje central el insólito mundo del crimen. La principal fuente (aunque no la única, de hecho en ocasiones se han contado historias que no tenían nada que ver con el contenido del libro) de toda este río de sangre residía en el “Diccionario del Crimen”, una antología en formato de abecedario donde desfilaban toda clase de truculentas historias del pasado y el presente. El autor del original literario era Oliver Cyriax y su mayor virtud (al margen de su labor recopilatoria) residía en el inconfundible humor negro inglés con el que se trataban temas tan morbosos. 



A partir de ese día, como dije antes, se vinieron repitiendo las entradas de una saga a la que intenté poner fin en varias ocasiones y que por último, como suele ocurrir en estos casos, la propia decadencia de la blogosfera obliga liquidar al igual que una forma de expresión que hace tiempo que ya ha sido sustituida por otras más en boga. Y qué mejor manera de terminar una de las secciones más apreciadas por los cada vez más escasos lectores de esta bitácora, que haciendo coincidir dicha conclusión con el séptimo aniversario (número cabalístico donde los haya) de la primera entrada y además hablando del mismo personaje que protagonizó aquella historia primigenia, un individuo que de todos modos tiene “méritos” más que sobrados para ocupar un lugar destacado en la Biblia del Mal.

Sin más preámbulos pasamos a narrar el último episodio del Abecedario del Crimen agradeciendo de paso la atención prestada durante todo este tiempo.   


La primera vez que oí hablar de Ted Bundy fue en un Selecciones del Reader´s Digest publicado en España en Julio de 1983, es decir hace más de 30 años. Una de las fotos que encabezaba el reportaje era precisamente la inquietante instantánea que ilustra el principio de este comentario, resultaba difícil no seguir leyendo el artículo después de ver esta cautivadora imagen, tan simbólica de la personalidad de unos de los más celebres criminales de la segunda mitad del siglo pasado.

Todo comenzó en el año 1974 cuando empezaron a desaparecer mujeres jóvenes, la primera de ellas en el mes de enero. A partir de entonces la ciudad de Seattle vio aterrada cómo iban desapareciendo otras jóvenes a razón de una cada mes hasta un total de cinco, todas tenían entre dieciocho y veintidós años y todas menos una eran estudiantes universitarias. Aquellas similitudes eran las únicas pistas con las que contaba la policía.    

Algo más tarde, el día 15 de julio, seis meses después de que empezara todo, Robert Keppel, detective de la brigada de homicidios del condado de King, veía la televisión en su casa cuando escuchó la noticia de la desaparición, el día anterior domingo, de dos muchachas en el Parque del Lago Sammamish, dieciséis kilómetros al oeste de Seattle. Aunque había oído hablar de las anteriores desapariciones aquella en concreto le concernía directamente pues había tenido lugar en su jurisdicción.

Al día siguiente Keppel y su colega Robert Dunn se pusieron a trabajar. El caso en un principio no parecía tener mucho sentido: dos muchachas, sin relación alguna entre ellas, habían desaparecido del mismo lugar, el mismo día, ante los ojos de cuarenta mil persona que merendaban y tomaban el sol en el parque. La primera joven era Janice Ott de veintitrés años cuya desaparición fue denunciada por su compañera de piso al día siguiente, la segunda era Denise Naslund de dieciocho que se había ausentado un momento de la compañía de su novio y unos amigos para ir al servicio.

El caso atrajo gran atención y la policía recibió numerosas llamadas de todas las cuales, como suele ser habitual, sólo algunas eran verdaderamente valiosas: Janice Ott había sido vista saliendo del parque acompañada de un hombre delgado, de mediana estatura, que llevaba un brazo en cabestrillo. Según uno de los testigos el hombre había pedido a la joven que le ayudara a colocar una barca en el techo de su automóvil. El hombre decía llamarse Ted. Otra testigo declaró que un hombre de similares características (brazo en cabestrillo incluido) se le había acercado con la misma solicitud, sin embargo la mujer se había excusado, algo que el individuo no se tomó a mal. Quince minutos más tarde la testigo afirmó haber visto al mismo hombre en compañía de otra chica con la misma descripción que Janice Ott.


Días más tarde Keppel interrogó a otra mujer que contó la misma historia pero con un protagonista aparentemente distinto: iba vestido de forma diferente y su aspecto no era pulcro como el del otro individuo descrito, este iba despeinado y tenía los ojos desencajados y ante la negativa de la joven había insistido con rudeza llegando incluso a aferrarla de un brazo, el incidente había tenido lugar a pocos metros del lavabo donde Denisse Naslund fue vista por última vez.




Dunn convocó entonces a todas las personas que hubieran visto al sospechoso en el parque a reunirse con un dibujante de la policía para elaborar un retrato robot del individuo.





Poco después de que la radio, la televisión y los periódicos solicitaran información al público, la policía del condado de King empezó a recibir un promedio de quinientas llamadas al día afirmando haber visto a Ted y su brazo en cabestrillo en diversos lugares. Siempre la misma historia, un hombre que solicitaba ayuda para llevar o traer alguna clase de objeto a un Volkswagen marrón metalizado. Algunos de esos avistamientos habían tenido lugar en sitios donde se habían tenido lugar más desapariciones de mujeres jóvenes.

En total se habían producido ocho desapariciones en diversas localidades del noroeste de Estados Unidos. Al comparar las fotos de ellas los investigadores encontraron un sorprendente parecido entre todas ellas: pelo largo y peinado con raya en medio.





La investigación se extendió hasta incluir la zona fronteriza de Canadá por el norte y los límites con Arizona por el sur. Se descubrieron más desapariciones inexplicables de mujeres con idénticas características físicas pero todavía no se había hallado ningún cadáver y sin cadáver ni siquiera se podía demostrar que había existido alguna clase de crimen. Pero los cuerpos no tardaron en empezar a aparecer.   


 En concreto el sábado 7 de septiembre un cazador informó haber encontrado un esqueleto humano en las colinas de Issaquah, a poco más de seis kilómetros del Parque Estatal del Lago Sammamish. A la mañana siguiente un equipo de más de cien personas iniciaron una minuciosa búsqueda en los terrenos circundantes a dónde había aparecido el esqueleto, al atardecer habían aparecido más de veinte fragmentos de huesos humanos, en total las huellas correspondían a tres cuerpos distintos, dos de ellos fueron más tarde identificados como los de Denise Naslund y Janice Ott. Junto a los restos no se hallaron huellas de pisadas o de neumáticos ni ninguna clase de arma, el estado de los cadáveres hacía imposible determinar incluso si se había cometido un homicidio pero la cosa estaba lejos de haber terminado. El 15 de octubre se halló otro cadáver en una localidad remota del estado de Washington que fue identificado como el de Carol Valenzuela, aficionada a hacer autostop y cuya desaparición había sido denunciada el 4 de agosto anterior, tal y como había ocurrido en los hallazgos previos a pocos metros del lugar se hallaron restos de un segundo cadáver. El 1 de marzo del año siguiente se encontró un nuevo osario en las laderas de la montaña Taylor, allí aparecieron los restos de Susan Elaine Rancourt, Brenda Ball, Roberta Kathleen Parks, y Lynda Ann Healy.

Tras estos últimos descubrimientos se organizó una reunión a la que asistieron representantes de de veinte organismos policíacos de la región noroccidental y de la Policía Montada del Canadá para coordinar sus esfuerzos, sin embargo, y aparte de la periódica aparición de cuerpos en las montañas de Washington, los días pasaban y apenas si se conseguía avanzar. Los detectives encargados del caso tenían la sensación de que el misterioso Ted ya había sido interrogado y dejado escapar de entre la lista de 2.552 sospechosos y del millar de vehículos Volkswagen investigados. Durante casi un año, la policía del condado dedicó todos sus recursos al caso, con el fin de poner en orden aquel cúmulo de datos se utilizó una computadora alimentándole con cuarenta mil elementos de información pero la maquina electrónica no logró proporcionar un sospechoso concreto. De este modo y tras más de cien mil horas de trabajo era imposible hacer más, a partir del 1 de junio de aquel año la búsqueda de Ted fue sólo responsabilidad de Keppel y Dunn.

Los dos detectives se aplicaron una vez más a la lista de 2.500 sospechosos y tras un mes de trabajo lograron reducirla a cien dedicando después  alrededor de una semana a cada uno de ellos. La mañana del 19 de agosto cuando habían eliminado ya a seis y se disponían a investigar al séptimo Keppel recibió una llamada telefónica de Salt Lake City (Utah), el que hablaba era Jerry Thompson, detective de la oficina del Sheriff de dicha ciudad que quería preguntarles por un tal Theodore Robert Bundy, un nombre que había estado entrando y saliendo de la lista de sospechosos continuamente. Thompson informaba de que el tal Bundy vivía en Utah desde hacía un año y que había sido arrestado por intentar escapar de un agente de la ley a bordo de un Volkswagen donde se hallaron herramientas de ladrón. También informó de que, coincidiendo con la llegada de Bundy a la zona, se habían producido varios asesinatos de jóvenes. Casi un año después de comenzada la investigación los detectives de Washington tenían al fin un nombre.



Para Jerry Thompson y los habitantes de Salt Lake City el terror había empezado el 28 de octubre de 1974, justo cuando cesaron las desapariciones mensuales de muchachas en Seattle, aquél día se había hallado el cadáver de Melissa Smith de diecisiete años, un mes más tarde se encontró asimismo el cadáver de Laura Aime. Ambos cuerpos habían aparecido con una media atada al cuello. La siguiente víctima fue Debra Kent también de diecisiete años que desapareció cuando iba a recoger su coche de un aparcamiento. El secuestrador, sin embargo, había dejado una pista: una llave de esposas.

La llave pertenecía a un par de grilletes empleados en un fallido intento de secuestro del que, pocas horas antes de la desaparición de Debra Kent, estuvo a punto de ser víctima otra muchacha, Carol DaRonch, que se convirtió en un testigo vital al ser la persona que más cerca estuvo de pasar a formar parte de la lista macabra y que finalmente consiguió salvarse.



El hecho había ocurrido en una zona comercial cuando la joven había sido abordada por un hombre bien parecido, de entre veinticinco y treinta años, que se identificó como un policía y comunicó a Carol que debía acompañarla a la comisaría pues habían arrestado a un hombre que intentaba robar su automóvil. Tras un corto recorrido, el individuo detuvo el coche e intentó esposarla, Carol logró huir del vehículo, pero el desconocido la persiguió, amenazándola con una barra de hierro. La joven se salvó gracias a la aparición de un automovilista, en el forcejeo el presunto secuestrador había dejado caer las esposas.

Como se ha dicho todos estos sucesos habían coincidido con la llegada de Bundy a Salt Lake City donde había sido detenido en el interior de un coche a las tres de la madrugada en un barrio residencial. A Thompson le extrañó que un estudiante de Derecho de veintiocho años fuera detenido en tales circunstancias y entonces recordó haber oído ese nombre incluido en una lista de personas de interés relacionadas con los asesinatos de los alrededores de Seattle. Tras hablar con Keppel, Thompson decidió arrestar a Bundy bajo la acusación de poseer herramientas para robar. Poco después se registró su apartamento con la esperanza de encontrar alguna pista que le relacionara con los asesinatos y desapariciones pero no se halló absolutamente nada sospechoso a excepción de varios mapas de carreteras de Colorado y folletos de centros de esquí del mismo estado. Lo que sí pareció sospechoso fue la inalterable actitud de Bundy que ni siquiera preguntó a los policías qué estaban buscando, pero más sospechoso aún fue el saber que Bundy había contratado un abogado que llamó a la policía para preguntar si estaban investigando a su cliente en relación con los asesinatos cuando los detectives jamás habían mencionado el tema al detenido.

Mientras tanto Thompson se había puesto en contacto con la policía de Colorado enterándose de que el rastro de facturas de gasolina y marcas en el mapa de carreteras de dicho estado hallado en el apartamento de Bundy conducían a tres desapariciones sin esclarecer. Los indicios se acumulaban pero se trataba de pruebas circunstanciales, para poder obtener una orden de detención Bundy debía ser identificado por Carol Daronch, hasta ahora la única superviviente conocida del asesino que por el momento había identificado el coche de Bundy como el mismo en el que se había producido el ataque.



El 1 de octubre tuvo lugar la sesión de identificación de Carol DaRonch, cuando Thomson vio llegar a Bundy, entre otros seis individuos, se quedó estupefacto: tenía la impresión de encontrarse ante otra persona, a diferencia del día anterior, Bundy llevaba el pelo muy corto y se había peinado con raya a un lado, fue una muestra más de cómo la facilidad de Bundy de cambiar de aspecto había confundido tanto a la policía en el pasado.



No obstante el subterfugio no le sirvió de nada, DaRonch y otros testigos identificaron sin lugar a dudas a Bundy, posteriormente un concienzudo registro del Volkswagen permitió hallar cabellos que pertenecían a dos de las víctimas. Por fin había terminado el misterio del crimen, pero, como de costumbre también, en ese mismo momento comenzaba el misterio del hombre.



Theodore Robert Cowell Bundy nació el 24 de noviembre de 1946 en Vermont, fue el hijo natural de una secretaria respetable, la identidad del padre siempre fue un secreto y  en un primer momento Bundy pensaba que su madre era en realidad su hermana. El chico vivió en Filadelfia hasta los cuatro años con su hermana-madre y sus abuelos maternos, luego su madre se trasladó a Tacoma (Washington) donde Bundy creció y se educó. Los informes del archivo del instituto señalaban una capacidad intelectual por encima del promedio, pero también un carácter introvertido. Después de terminar el bachillerato en 1965, ingresó en la Universidad de Puget Sound, en Tacoma; de allí se trasladó a la Universidad de Washington. En el año 1966 se enamoró de la sofisticada, bella y rica Stephanie Brooks pero ella le dio calabazas. 


 En 1972, se licenció en Psicología y posteriormente trabajó en una institución para enfermos mentales y en un centro psicológico. Más tarde obtuvo un puesto en el Comité Asesor para la Prevención del Delito en Seattle, allí Bundy hizo gala de su proverbial encanto, todo el que le conocía se quedaba prendado de él y muchas personas estaban convencidas de que podía llegar muy lejos.

Sin embargo desde hacía mucho tiempo atrás las cosas habían empezado ya a torcerse, desde muy joven Bundy se dedicó con ahínco a la masturbación y se convirtió en un fantaseador y ladrón compulsivo; ya adulto en una ocasión robó de un invernadero un árbol de dos metros y se lo llevó en el coche, asomando por el techo. Más tarde el dolor producido por su ruptura con Stephanie le produjo un recrudecimiento del hábito de robar.

Bundy quería impresionar a su amada mejorando su expediente académico pero sacaba notas bajas y no podía competir con sus propios patrones de triunfo, reducido a trabajar como vendedor de unos grandes almacenes, robaba por diversión y empezó a interesarse por la pornografía violenta. El día en que, por casualidad, atisbó a una mujer desvistiéndose en una habitación iluminada, se inició su carrera “universitaria” de mirón; gradualmente, con interludios de repugnancia por sí mismo, empezó a buscar formas más activas de recompensa; primero seguía a las chicas, luego les averiaba los coches para incapacitarlas y más adelante se dio a acecharlas armas en mano. El primer ataque lo consumó con un palo cuando la víctima buscaba las llaves frente a la puerta de su casa. El paso siguiente fue violentar la entrada de una residencia y esperar a una estudiante en su habitación.

En la misma época en la que se producía esta progresiva inmersión de Bundy en el mundo del crimen, el recién licenciado joven disfrutaba de un fulgor pasajero. El ingreso en la carrera de abogacía y el trabajo en el Comité Asesor le conferían un aura espúrea de madurez y seguridad que le sirvió para reconquistar el corazón de Stephanie Brooks quien, deslumbrada por la nueva exquisitez de Bundy, accedió a casarse con el en la Navidad de 1973, que pasaron juntos en una urbanización privada de Alpental. Pero el 2 de enero Stephanie volvió a California, confusa y lastimada porque algo en la actitud de su prometido había cambiado; más tarde concluiría que la había seducido para darse el gustazo de rechazarla.

Posiblemente este incidente marcara el punto de ruptura total de Bundy con cualquier posibilidad de mantener una relación sentimental ortodoxa, ¿para qué quedar expuesto a un nuevo rechazo cuando en su vida alterativa podía eliminar dicha posibilidad? Como quiera que fuese lo cierto es que tres días más tarde de la nueva ruptura (en esta ocasión provocada por él) Bundy cometió su primera violación, y antes de que terminara el mes de enero mataría por primera vez. Al igual que muchas de sus víctimas posteriores esta primera chica, Lynda Ann Healey de 22 años, era un clon de Stephanie, de cabello largo con raya al medio y rasgos agradables y equilibrados.



Ya entregado a su vorágine asesina Bundy no podía evitar que su vida de ciudadano respetable y promisorio siguiera mezclándose con su alter ego criminal. La amiga regular de Bundy durante este período, Megan Roberts, contó a la policía cómo en sus relaciones íntimas habían pasado con desasosegante rapidez del sexo convencional al bondage y al estrangulamiento simulado. El sexo se había convertido en arena para la cólera, y Bundy estaba furioso con todo el mundo: sus amigos, su familia y sus compañeros.

Después de este primer crimen y antes del doble asesinato del lago Sammamish, Ted Bundy dejó otra muestra de su carácter bipolar protagonizando un ensayo general que estuvo a un paso del desenlace mortal. Salvo la muerte, todos los demás ingredientes estuvieron presentes y bien delineados, lo cual quizá nos aproxime un poco a las raíces del placer de Bundy. Aunque este incidente fue ya relatado en la entrada inaugural de la serie que hoy termina vale la pena reproducirlo ahora de nuevo.

En Junio de 1974, Bundy organizó un descenso en balsa por el río Yakima en el estado de Washington en compañía de Larry Voshall un conocido de la administración judicial donde ambos trabajaban. Los jóvenes invitaron a dos mujeres, Becky y Susan, para quienes adquirieron chalecos salvavidas ya que no eran expertas nadadoras. De los cuatro, tres iban por turnos en una balsa que arrastraba al cuarto, metido en un tubo de goma.

Al llegar a los rápidos, el humor de Ted cambió súbitamente. Según afirma Voshall: “De repente Ted, que estaba detrás de Becky, le desata el cordón superior del bikini, dejando sus pechos al descubierto. Todos, salvo él, nos sentimos atónitos e incómodos. La verdad es que apenas nos conocíamos. Ted parecía disfrutar de ello. Más tarde, bajábamos por un tramo particularmente movido y Becky estaba en el tubo de goma. Ted cogió la cuerda que la sujetaba y dijo: ¿Qué harías si desatase esta cuerda? Becky se puso a gritar, claro. Tenía un susto de muerte. Yo miré a Ted y no pude creer lo que veía. Estaba gozando con el terror que le producía a Becky, que gritaba desesperadamente. Había desatado la cuerda y amenazaba con soltarla. Me enfadé mucho”.

Bundy suspendió su tanteo en la balsa en las escenas preliminares. Ya había logrado la humillación sexual que buscaba al dejar a Becky semidesnuda, y estaba adentrándose en una fase de terror inducido por la dominación.  El paralelismo con una versión exagerada del acto sexual es evidente. En el crimen sexual aparecen muchos de los elementos motivadores del ritual galanteo, si bien espantosamente deformados: a pesar de que el asesino adapta cada fase a sus necesidades, los objetivos no varían.

No es infrecuente que la gente normal experimente fantasías sádicas, perfectamente controlables, mientras hace el amor. Para un asesino sexual, ambos componentes (sexo y sadismo) resultan divergentes, de modo que su esfera perversa (sadismo) desplaza progresivamente el perfil tradicional (sexo) hasta establecer una existencia independiente y ajena a la conducta sexual, sustituyéndola.   

Una vez arrestado, Bundy siempre mantuvo bajo su hechizo al menos a una mujer que vivía para visitarlo, hacerle recados y proclamar su inocencia. Cuando una se alejaba, enseguida la reemplazaba otra.  

  

El primer asesinato de Bundy fue supuestamente provocado por la pérdida de apoyo financiero que le permitía acudir a la facultad de Derecho. Algunos han argumentado que si Bundy no hubiese sufrido algunas tensiones previas a este primer crimen, hubiera terminado sus estudios y conocido a una mujer que satisficiera muchas de sus necesidades, quizás no habría llegado a asesinar nunca; podría haberse convertido en un agresivo abogado, alguien que frecuentara prostitutas, buscara relaciones sadomasoquistas y tratará como fuera de liberarse de su cólera, en resumen su conducta desviada podría haber sido más socialmente aceptable y tal vez nunca habría llegado a cruzar completamente la línea. No hay forma de saberlo pero, a juzgar por su posterior comportamiento, parece probable que más tarde o más temprano de todos modos Bundy terminará por traspasar la línea. 



El juicio contra Ted Bundy por el intento de secuestro de Carol DaRonch comenzó en Salt Lake City el 23 de febrero de 1976. El acusado optó por ser juzgado por el juez, sin la ayuda de un jurado. Desde un principio Jerry Thompson presintió que iba a tener dificultades. Aun cuando Carol se mantuvo firme en su identificación, el abogado defensor destacó el hecho de que la rueda de reconocimiento se había producido casi un año después de que se produjera el ataque y que, por tanto, podía tratarse de un mero parecido.

Más tarde el acusado subió al estrado para defenderse. Hablaba con gran seguridad y aplomo pero cuando el fiscal contrastó su testimonio con el rastro que habían dejado su tarjeta de crédito y los recibos de gasolina Bundy tartamudeó y fue incapaz de dar una explicación.


El 30 de junio el juez dictó una sentencia mínima de un año y máxima de quince, no era un veredicto muy espectacular pero los investigadores del caso recibieron la noticia con alivio, al menos se aseguraban de que Bundy estaba a buen recaudo mientras trataban de que las débiles pruebas de que disponían para los demás crímenes se tornaran en algo más sólido.

La investigación profundizó en el análisis de los cabellos encontrados en el Volkswagen y por fin a finales de octubre un juez del condado de Pitkin (Colorado) expidió una orden de arresto contra Bundy, acusándole del asesinato de Caryn Campbell, una de las víctimas halladas en ese estado.


Los trámites preliminares de este juicio se prolongaron durante la primavera, el verano y el otoño del siguiente año a medida que Bundy lograba retrasar el proceso con toda clase de triquiñuelas pero, a finales de Diciembre, una resolución del tribunal transfirió el proceso a Colorado Springs, parecía que se acercaba por fin el final de la carrera de Bundy pero el escurridizo criminal se guardaba un último y espectacular as en la manga. 




Los funcionarios de prisión que custodiaban a Bundy habían notado que el prisionero estaba adelgazando de forma notoria, algo que achacaron al stress que le provocaba el complicado proceso en el que estaba involucrado, pero la razón era otra bien distinta. La noche del 30 de diciembre de 1977, Bundy desprendió del cielo raso de su celda un plafón de iluminación de gran tamaño. Gracias a su recientemente adquirida delgadez pudo pasar por la angosta abertura hasta el espacio vano, entre el techo verdadero y el falso, donde se alojan cables y tuberías. Seguidamente se arrastró hasta que estuvo encima de la vivienda del carcelero y esperó hasta que le oyó salir. Entonces, abrió a golpes un agujero, bajó a la vivienda y salió a la calle. Antes, en la celda, se había preocupado de formar un bulto bajo la manta del catre. La vieja artimaña dio resultado y la huida no se descubrió hasta las diez de la mañana del día siguiente provocando una frenética actividad policial a nivel nacional y federal.



Bundy fue incluido en la lista de los diez más buscados por el FBI, además se dio protección a los testigos de la acusación, asimismo se localizó e instruyó convenientemente a parientes y conocidos del fugitivo en todo el país, pero estas medidas sonaban un tanto rutinarias ya que la lógica indicaba que el evadido buscaría algún agujero donde esconderse y esperar a que disminuyera la atención, pero Bundy y la lógica nunca se habían llevado muy bien, y los policías que conocían a fondo las manifestaciones más macabras de su personalidad tenían la sensación de que más tarde o más temprano volverían a saber de él.



A 2.400 kilómetros Colorado Springs se encuentra Tallahasse, capital de Florida y sede de la Universidad de ese estado. En realidad se trata más de un pueblo que de una ciudad, sus calles soñolientas están bordeadas de grandes árboles y repletas de estudiantes que, a pie o en bicicleta, van y vienen de sus clases. Apenas se registran delitos graves pero todo eso cambió durante las primeras horas del 15 de enero de 1978.

Ese día a las 03.22 de la madrugada, la policía recibió una llamada de la residencia universitaria femenina Phi Omega. A su llegada, los agentes encontraron un caos indescriptible: cuatro muchachas habían sido golpeadas, y una de ellas violada, otras dos estaban muertas. A seis manzanas de distancia otra estudiante había sido atacada pero, pese a sus graves lesiones, logró sobrevivir y recuperarse. Para Keppel estaba claro que Ted Bundy había salido a la superficie. 



Veinticinco días más tarde y a ciento sesenta kilómetros al este, en Lake City, se denunció la desaparición de Kimberley Leach de doce años que, a pesar de estar bastante lejos del perfil de mujer que interesaba a Bundy, tuvo el dudoso honor de ser la última víctima del monstruo.


Por fin, seis días más tarde y por increíble que parezca, Bundy fue detectado merodeando por las calles de Pensacola al volante de un Volkswagen, exactamente igual que tres años antes cuando fue arrestado por primera vez. Tras una breve persecución y tras resistirse con violencia a su detención por fin Ted Bundy volvía a estar bajo custodia.

Los detectives de Pensacola comenzaron el interrogatorio en ese mismo momento y en esta ocasión Bundy, que tenía un semblante y una actitud de abatimiento, se mostró algo más comunicativo que en las largas interpelaciones a las que había sido sometido en el pasado. Bundy habló de oscuras fantasías e impulsos que le asaltaban al principio de año en año, luego se hizo más frecuente: mensual, anual, diario, cuando llegó a Florida las fantasías le asaltaban a cada hora. Seguidamente añadió con voz glacial “Soy el tipo más frío que jamás hayan conocido”.





Cuando se le preguntó por Kimberly Leach, Bundy negó conocerla pero cuando los agentes presionaron propuso un trato: si le recluían en una institución psiquiátrica, cerca de su familia, lo confesaría todo. Semejante arreglo ya no era posible y así se lo hicieron saber los policías aunque los detectives siempre se preguntaron cuántos casos se habrían resuelto de haber aceptado el trato, sobre todo cuando Bundy les comunicó que la cifra total de sus crímenes, aunque nunca dio un numero exacto, tenía tres dígitos.   

De regreso a Tallahassee, Bundy recuperó su aplomo y volvió a negar con vehemencia cualquier relación con crímenes recientes o pretéritos. Pero esta vez Bundy había sido mucho más descuidado que en los asesinatos del noroeste con los que se había dado a conocer, esto incluía marcas de dientes que había dejado en algunas de sus últimas víctimas. De esta manera el 20 de julio el sospechoso fue formalmente acusado del asesinato de Kimberly Leach y del doble homicidio de la residencia estudiantil de Tallahassee.

El 25 de julio de 1979 y tras sólo seis horas y media de duración Bundy fue sentenciado a muerte más dos condenas de noventa y nueve años cada una por los asesinatos de la residencia.  Más tarde, el 7 de enero de 1980 recibió otra sentencia de muerte por el asesinato de Kimberly Leach. Tras esto Bundy fue transferido a una celda de máxima seguridad en la Prisión Estatal de Starke, Florida.

En una de estas sentencias se produjo uno de esos momentos tan características de la imagen que al exterior se da de la justicia norteamericana y que tanto nos llama la atención en esta parte del mundo. Después de condenarle a muerte el juez dijo: “Cuídese joven, se lo digo sinceramente. Es una tragedia para este tribunal ver a un ser humano tan desperdiciado. Es usted un hombre brillante. Habría sido un buen abogado. Me hubiera gustado tenerlo ejerciendo ante mí. No siento hacia usted ningún rencor, créame. Tomó usted el camino equivocado, socio. Cuídese”    


Quizás esta sorprendente coda sea una muestra del impacto que este caso provocó en la sociedad estadounidense aquellos años, Ted Bundy terminó por convertirse en el asesino más famoso de su época. Al contrario que muchos de sus colegas en el crimen, Bundy era un individuo tan fotogénico y se expresaba de forma tan precisa y elegante que muchas personas llegaron a la conclusión de que no podía haber cometido los crímenes de los que se le acusaba, una reflexión lógica en un mundo en el que la imagen lo es todo. Así pues la razón por la que este caso fue tan perturbador reside no tanto en la brutalidad de los crímenes sino en el carácter de la persona que los cometió, Bundy era un chico de clase media con estudios, casi un prototipo del buen hijo americano, no era un marginado producto de la basura blanca pobre como muchos otros asesinos en serie, para la sociedad mayoritaria era uno de los suyos y pese a que en su infancia se habían producido algunos trastornos aquello no bastaba para justificar todo aquel horror.

¿Era Bundy un perturbado?. Tras su primera condena el doctor Carlisle, de la penitenciaria estatal de Utah, escribió “En general, los resultados de las pruebas objetivas corresponden a una persona feliz, segura de sí misma y equilibrada […]. Para concluir, pienso que el señor Bundy es un hombre sin problemas, o bien es lo bastante listo e ingenioso como para demostrar que raya el límite de lo normal.” Quizás en este comentario final se encuentre la clave de todo (dejando al margen el hecho de que cualquiera que deba ser lo bastante “ingenioso” como para demostrar que “raya” el límite de la normalidad ha de estar como una cabra), durante gran parte de su vida Bundy fue capaz de mantener su locura controlada o al menos de ocultarla hasta que esta se hizo tan imperiosa que terminó por devorarle, aunque en este caso no se puede hablar de un Doctor Jeckill que ocasionalmente se convirtiera en Mister Hyde sino de un  Mister Hyde que se disfrazaba bajo la piel de un Doctor Jeckill   

De todas formas, aunque no creo que exista nadie que se atreva a calificarlo de persona normal, a efectos legales Bundy era responsable de sus actos ya que distinguía el bien del mal en el momento de cometerlos y también conocía las consecuencias que dichos actos pudieran acarrearle, pero está claro que debía existir alguna clase de trastorno que explicara su monstruosa conducta así como el hecho de que combinara características de un asesino escurridizo e inteligente con comportamientos increíblemente descuidados como el hecho de usar su verdadero nombre de pila o el de volver a emplear un vehículo Volkswagen tras su fuga de prisión, a pesar de que sabía de sobra que ese detalle era uno de los más característicos de su carrera criminal. 

Algunos años más tarde el agente del F.B.I. Robert K. Ressler (cuya presencia en este serial ha sido constante de forma directa e indirecta) tuvo ocasión de entrevistarle a petición del propio Bundy, que se confesó admirador de su trabajo. Siguiendo su estilo habitual Bundy siguió adulando a Ressler tratando así de controlarle, se negó a hablar de sus crímenes de forma directa y se pasó horas dando rodeos sobre cómo pudo haber hecho esto o aquello. A Bundy le era imposible reconocer directamente sus crímenes; lo que hacía era especular sobre lo sucedido, ocultándose en una ficción de inocencia mientras ayudaba a los investigadores a trazar el “retrato” del asesino probable. De esta manera Bundy no sólo despersonalizaba a sus víctimas a las que calificaba de “mercadería” o “desechos” sino que, despersonalizándose él mismo, relataba sus crímenes en tercera persona.

El fastidioso vocabulario de Bundy, su terca búsqueda de eufemismos inofensivos, planteó a los interrogadores delicados problemas lingüísticos. El uso de la palabra “carga” en lugar de “persona” o “víctima” daba origen a diálogos como el que sigue:

-Cuando la sube al vehículo ¿la carga está viva o muerta?
-No me gusta usar esos términos
-Cuando la sube, ¿la carga está estropeada?     
- A veces está estropeada y a veces no. 

Tres o cuatro días antes de su ejecución Bundy anunció que lo contaría todo, y una docena de funcionarios de todo el país acudió a entrevistarle. Uno de ellos era Robert Keppel, Bundy volvió a sus rodeos y fintas verbales sobre el primer asesinato sin tocar para nada los demás. Luego informó al policía que esta tarea le iba a llevar mucho tiempo, y que, si los policías se reunían y hacían una petición para que se le concedieran a Bundy otros seis u ocho meses de vida, podrían llegar al fondo de muchas cosas. Una vez más resultaba una propuesta atractiva, por los muchos casos que habían quedado sin resolver, pero imposible de cumplir además de que los investigadores, que ya conocían a Bundy en profundidad, estaban convencidos de que el asesino se dedicaría a prorrogar indefinidamente ese plazo y que jamás contaría toda la verdad.    

Al final Bundy confesó un total de 23 asesinatos. Por fin fue electrocutado el 25 de enero de 1989 a las siete horas y dieciséis minutos. Su última y espectacular aparición pública consistió en una entrevista concedida al psicólogo y cristiano conservador James Dobson (que se puede encontrar tanto en su versión original como doblada al español en youtube)  donde sermoneó sobre los males de la pornografía que, adujo, había sido la causa de sus crímenes; de aquí que el Decreto de Compensación a Víctimas de la Pornografía se conozca actualmente como Ley Bundy.




La ejecución fue un acontecimiento público digno de uno de los asesinos más jaleados por los medios de comunicación, hubo más de mil solicitudes para presenciarla; a las puertas de la penitenciaría de Florida se agolpó una multitud con camisetas que rezaban “Arde, Bundy” y se encendieron fuegos artificiales mientras la emisora de radio local pedía a los oyentes que apagaran todos los electrodomesticos para que “allá en la cárcel tengan más combustible”. 

Se cuenta además que en Tallahasse y Jacksonville (las localidades en las que cometió los crímenes por los que a la postre fue ejecutado) los habitantes se levantaron de la cama a la hora de la ejecución para prender sus encendedores y celebrar así, en común, esta muerte merecida.



  A nivel personal recuerdo claramente ver en nuestras noticias nacionales las imágenes de todo es jolgorio popular, y aunque no tengo nada en contra del legítimo sentimiento de venganza, se me ocurre que esa auto degradación pública fue a la postre la última victoria de Bundy sobre la humanidad racional.

          

El legado de Bundy no se extinguió con su muerte, su figura ha continuando siendo analizada y “homenajeada” durante todos estos años, el poder de fascinación de un aparente hijo predilecto de la sociedad dominante en Norteamérica, devenido en bestia insaciable, sigue estando intacto. La figura de este asesino ha servido como modelo para innumerables películas y series de televisión ya sea de forma explícita o sugerida aunque sus sangrientas hazañas han sido llevadas a imágenes que yo sepa tan sólo en dos ocasiones.

La primera de ellas bajo el formato de un telefilme titulado “The deliberate stranger” estrenado en 1986 (es decir cuando el asesino aún no había sido ejecutado) y protagonizado por Mark Harmon en el papel de Bundy y Frederic Forrest en el de Robert Keppel. No se trata de un documento demasiado valioso debido al carácter tradicionalmente descriptivo y poco analítico de esta clase de producciones y debido también a las escasas dotes dramáticas de Harmon, un atildado actor de televisión que ya en su madurez ha disfrutado de una sorprendente e inmerecida fama al protagonizar esa pegajosa serie llamada “Navy: investigación criminal”.



En el año 2002 se estrenó, ya en cines, otra película biográfica titulada “Ted Bundy”, un tipo de filme perteneciente a una nueva tendencia a la hora de abordar esta clase de crímenes y que se apoya en un naturalismo estricto que huye de cualquier clase de tesis psicológica o social, en esta ocasión el monstruo era interpretado con escalofriante elocuencia por el actor Michael Reilly Burke

Personalmente repito que no conozco ningún otro biopic que narre de forma directa la biografía de Bundy aunque guardo un recuerdo especial de “The Riverman”,  una película para televisión que narra los crímenes de otro célebre asesino del estado de Washington: el conocido como “The Green River killer”. En esta película Bundy aparece como personaje secundario y en un determinado momento se le muestra narrando, en la peculiar manera ya mencionada, uno de sus asesinatos: una escena que recuerdo como una las más crueles y desesperanzadoras de las que tenga memoria (y no por la crudeza de las imágenes precisamente) y verdadera medida del autentico significado del comportamiento criminal de Bundy.



Pero nada de lo que se haya escrito o filmado nos puede siquiera acercar a los límites de la comprensión de una mente como la de Bundy, ante su historia y la de otras gentes como él no puedo evitar pensar en ese cuadro de El Bosco de nombre “Extracción de la piedra de la locura”. Más de quinientos años después no parece que estemos más cerca de desentrañar el misterio de la mente perturbada  de lo que se estaba entonces.